Devolviendo la confianza en la psicología social

La psicología social vive uno de sus momentos más delicados. Durante las últimas semanas, las principales revistas del área se están apresurando a sacar a la luz sus retracciones de los artículos publicados por Diederik Stapel, Dirk Smeesters y Lawrence Sanna, todos ellos acusados de inventarse los datos de sus experimentos. No ha ayudado a limpiar la imagen de este ámbito de investigación que una de sus revistas más prestigiosas, el Journal of Personality and Social Psychology, se decidiera a publicar, por motivos incomprensibles, un artículo sobre clarividencia que ha desatado una virulenta polémica sobre la adecuación de los métodos utilizados en psicología experimental. No hay razón para pensar que este tipo de problemas afecten a la psicología social más que a otras disciplinas científicas, pero la desafortunada sucesión de estos casos sonados en tan poco tiempo la ha puesto en el ojo del huracán.

En medio de este caos de acusaciones e incertidumbre, las sospechas se han extendido también a muchos resultados experimentales que se consideraban robustos y eran aceptados con unanimidad. Uno de los casos más sonados lo protagonizan las recientes dudas sobre uno de los fenómenos centrales de la psicología social: el llamado efecto de priming. La idea básica detrás de los estudios de priming es que la activación de ciertos conceptos puede afectar a nuestro posterior procesamiento de otra información o a nuestra conducta, a veces sin que seamos conscientes de esa influencia. En uno de los experimentos más citados sobre este fenómeno, John Bargh y sus colaboradores pidieron a sus participantes que elaboraran frases utilizando diversos listados de palabras. De cara a los participantes se trataba de un experimento sobre psicolingüística. Pero en realidad, lo que les interesaba a los investigadores era ver si utilizar unas u otras palabras tenía algún efecto sobre la conducta posterior de los participantes. En concreto, observaron que si el listado de palabras para el ejercicio incluía elementos como “viejo”, “lento” o “gris”, una vez terminado el experimento, los participantes salían más despacio del laboratorio. Es decir, activar conceptos relacionados con la tercera edad hacía que el comportamiento de los participantes se pareciera de hecho al de las personas de la tercera edad. Sin embargo, ninguno de los participantes se percató conscientemente de que las palabras habían influido en su comportamiento.

Los efectos de priming, como el estudiado por Bargh y colaboradores, se han investigado ampliamente en psicología social y se consideran firmemente asentados en el acervo de conceptos fundamentales de la disciplina. Sin embargo, la duda ha comenzado a acechar también a este ámbito de investigación desde que hace unos meses se publicara un nuevo artículo en PLoS donde no se replicaba el resultado original de Bargh. A la publicación de estos resultados siguió una agresiva respuesta del propio Bargh, iniciando un debate que no ha dejado indiferente a nadie en el mundo de la psicología social.

El último episodio en esta serie de acontecimientos lo protagoniza una carta abierta del premio Nobel Daniel Kahneman que se ha difundido profusamente por internet durante los últimos días. En su carta, Kahneman se muestra profundamente preocupado por esta situación e invita a los psicólogos sociales a limpiar su imagen y a devolver la confianza de la comunidad científica en sus hallazgos. En sus propias palabras, “mi razón para escribir esta carta es que veo acercarse el descarrilamiento de un tren. Creo que las primeras víctimas serán los jóvenes en el mercado laboral. Verse asociados a un ámbito controvertido y objeto de sospechas les pondrá en una situación muy desventajosa para competir por un trabajo. Ante la gran visibilidad del tema, es esperable que la próxima tanda de licenciados se encuentre con problemas.”

Aunque Daniel Kahneman no es propiamente hablando un psicólogo social, no es ningún secreto que muchos de los fenómenos estudiados por los psicólogos sociales tienen un papel crucial en sus propias investigaciones y teorías. No en vano, su último libro Pensar rápido, pensar despacio, dedica un capítulo íntegro a explicar los mecanismos del priming y su implicación en la toma de decisiones. A nadie sorprende, por tanto, que en su carta Kahneman se confiese un “creyente” en los mecanismos de priming.

La propuesta de Kahneman es que un grupo de laboratorios con buena reputación se involucren en un ciclo de réplicas mutuas que demuestre la solidez de los principales hallazgos de la psicología social. En concreto, propone que cada equipo de investigación seleccione un descubrimiento reciente que considere interesante. Para evitar cualquier sesgo, cada grupo de investigación debe intentar replicar el descubrimiento seleccionado por otro grupo de investigación. Los miembros del equipo que vaya a replicar un experimento deberían acudir al centro de investigación que originalmente publicó ese estudio y comprobar cuáles son exactamente las condiciones en las que debe realizarse. Este centro de investigación original también deberá enviar a algún responsable al centro que está replicando sus resultados para asegurarse de que la réplica se está realizando correctamente. La réplica debe realizarse con un número grande de participantes para disipar cualquier duda sobre la potencia estadística del estudio. Si es posible, todo el proceso de réplica debe grabarse en video, para documentar con precisión las condiciones exactas en las que se realizó el experimento. Finalmente, los autores deben comprometerse de antemano a publicar los resultados y a hacer públicos los datos resultantes, para que cualquiera pueda analizarlos.

Es difícil de prever si la propuesta de Kahneman encontrará aceptación. Junto a la estrategia que él propone se han formulado otras medidas que podrían ayudar a paliar este tipo de dudas en todos los ámbitos científicos, tanto dentro como fuera del mundo de la psicología. El reciente énfasis en la necesidad de replicar estudios y realizar meta-análisis rigurosos y el movimiento progresivo hacia técnicas de análisis de datos menos problemáticos son otras propuestas igualmente prometedoras. Pero en cualquier caso parece seguro que hará falta un esfuerzo colectivo por parte de la comunidad investigadora para restablecer la confianza en la psicología social. Todo sugiere que en los próximos años seremos testigos de un interesantísimo y emocionante debate del que surgirá una nueva y mejor forma de hacer investigación en psicología.

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Acerca de Miguel A. Vadillo

Investigador senior en el Departamento de Psicología Básica de la Universidad Autónoma de Madrid.
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