Masoquismo moral: ¿Hay conexión entre culpa y autocastigo?

¿Pueden los sentimientos de culpabilidad por algo que hayamos hecho llevarnos a cometer actos de autocastigo físico? 

Hesíodo afirmaba que el castigo entra en el corazón del hombre desde el momento preciso en que comete el crimen. La perspectiva de que las malas acciones cometidas por una persona deban ser equilibradas mediante el daño físico infligido al transgresor es, por desgracia, un principio fundamental del pensamiento moral que se practica en Occidente. De hecho, gran parte del sistema judicial y penal de los llamados “países desarrollados” se fundamenta en esta premisa. ¿Puede ser esta creencia lo suficientemente fuerte como para que las personas se causen dolor a sí mismos para compensar sus malas acciones?

A todos nosotros nos ha ocurrido, o al menos hemos sido testigos de situaciones de gran emotividad negativa (ira, culpa, enfado, frustración) donde la persona acaba dando golpes o patadas a una puerta o una pared, con la consiguiente lesión más o menos grave. ¿Os ha ocurrido alguna vez? ¿Qué hacéis para manejar específicamente la sensación de culpa? La pregunta a la que trataremos de responder hoy es mucho más simple y directa: ¿En qué medida las personas utilizan explícitamente el dolor para equilibrar sus malas acciones?

Seguro que a varios de vosotros se os vendrá a la mente la imagen de los flagelantes religiosos, que en su origen utilizaban la laceración de sus látigos como forma de escapar de la Peste Negra, y que actualmente utilizan el dolor autoinfligido como medio para demostrar su arrepentimiento a Dios.

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Es indudable que bajo ciertas circunstancias las personas pueden utilizar el dolor físico como medio de compensación/expiación de sus faltas. Los lectores aficionados a la Historia de la Psicología, o más concretamente a la del Psicoanálisis, recordarán que Sigmund Freud afirmó que los sentimientos de culpa reprimidos conducían a una necesidad de sufrimiento, que él bautizó como “masoquismo moral”, y que hoy da nombre a nuestro post, a pesar de que habitualmente no compartimos sus planteamientos.

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De buenas a primeras, podemos encontrar poco plausible esta idea de que la gente busque activamente el sufrimiento para reducir sentimientos de culpa, porque, ¿quién en su sano juicio pensaría que sentirse mal en un aspecto (físico) va a ayudar a sentirse bien en el otro (moral)? Si nos atenemos a una revisión exhaustiva de la literatura acerca de la culpa, lo que se concluía hasta ahora es que el trabajo empírico había fallado a la hora de demostrar que las personas culpables buscaban sufrir o ser castigados.

El estudio que presentamos hoy viene a contradecir esta idea tan arraigada en la literatura. El objetivo principal del experimento del equipo de Inbar, Pizarro, Gilovich y el célebre (y muy respetado en nuestro laboratorio) Dan Ariely, es comprobar directamente si la culpa motiva el autocastigo. Para ponerlo a prueba, dividieron a los participantes del experimento en tres condiciones experimentales, culpa, tristeza y neutral. Se les pedía que recordaran y escribieran un acontecimiento pasado que les hiciese sentir muy culpables, tristes o neutros (ir a comprar al supermercado), en función de la condición experimental en la que estuvieran.

Al pedir a los participantes que libremente recordasen y transcribiesen el evento pasado que les causara más sensación de culpabilidad se recogieron una amplia gama de sucesos que de forma natural pueden desencadenar sentimientos de culpa, y no tuvieron que ser éstos previamente seleccionados por los examinadores, problema que acarreaban estudios previos sobre este tema. Para los curiosos, los participantes de la condición culpa escribieron sobre varios tipos de sucesos, entre ellos dañar física o emocionalmente a otros, decepcionar a familiares, mentir y engañar, infidelidades sexuales, y sentirse responsable de la muerte de alguien. Que el lector juzgue cuál de estas categorías define mejor su experiencia más culpabilizante. Tras escribir el suceso, se les pedía a los participantes que puntuasen en una escala del 1 (nada culpable) al 10 (extremadamente culpable) con cuánta intensidad sintieron la emoción tanto en el momento en que ocurrió el hecho como actualmente, a la hora de recordarlo. Se realizó el mismo procedimiento en el grupo de tristeza, y el neutral no puntuó nada.

Tras recoger los escritos, los experimentadores avisaron a los participantes de que experimentarían un evento negativo en el laboratorio, seis descargas eléctricas administradas mediante dos electrodos colocados en la muñeca izquierda y derecha de cada participante. El primer ensayo (descarga) estaba fijado de antemano en 30V, una descarga detectable pero no dolorosa (comienza a ser desagradable en torno a 56V). Los restantes cinco ensayos eran controlados por el participante, que podía subir 10V la descarga, mantenerla igual, o bajarla 10V, de tal manera que se previno que los participantes no se dañaran a si mismos ya que el voltaje máximo en el sexto y último ensayo eran 80V. La hipótesis previa del equipo es que aquellos que debían escribir sobre un evento que les hiciese sentir culpables se infligirían a sí mismos mayores descargas eléctricas, comparado con sus homólogos de la condición tristeza y neutro.

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Al examinar los ensayos 2 al 6 (recordad que el primero estaba fijado) se comprobó que la hipótesis era correcta, los participantes en la condición de culpa se administraron descargas más fuertes que los participantes de las condiciones tristeza y neutro, siendo esta diferencia estadísticamente significativa. Los grupos triste y neutral no diferían entre sí. También se comprobó que las mujeres se infligieron descargas significativamente más fuertes que los hombres. También se comprobó que cuanto más fuertes eran las descargas, más se aliviaban los sentimientos de culpa (en el artículo original tenéis toda la información metodológica).

En definitiva, recordar un evento que nos hace sentir culpables puede predisponernos a administrarnos a nosotros mismos descargas eléctricas que resulten desagradables, es decir,  conducirnos al “masoquismo moral”, que se traduciría en realizar algún tipo de autocastigo físico que nos sirve, a su vez, para reducir los sentimientos de culpa. Estos descubrimientos podrían ser relevantes para áreas aledañas de la Psicología Clínica como la que investiga las autolesiones no suicidas, que suelen manifestarse bajo la forma de cortes, quemaduras, o la inserción subcutánea de objetos.

Guilt¿Somos conscientes de este proceso? Los autores del estudio apuntan que en este caso, parece que la conducta de subir progresivamente las descargas eléctricas para experimentar más dolor estaba motivada por una conexión intuitiva entre la falta cometida y el castigo, de la que los participantes pueden ser conscientes (y articular) o no. Alguien llegará a este punto del post clamando contra la negatividad que desprenden estos resultados, y con razón! Por descontado, la motivación de equilibrar la balanza de nuestras acciones no tiene por qué incluir necesariamente el comportamiento autodestructivo. Hay una considerable cantidad de evidencia que sugiere que las personas lidian con su culpabilidad también mediante buenas acciones. El hecho de que parezca haber varias maneras, incluso antagónicas, para equilibrar la balanza nos deja con una serie de dudas, que dejaremos abiertas al juicio del lector.

¿Son intercambiables las formas que tiene una persona de luchar contra la autorecriminación? ¿Hacer una buena acción convertiría el autocastigo en un mal innecesario? ¿Podrían estas conductas ser sustitutas unas de otras? Parece más sencillo lavarse las manos que cortarse las manos. Si se nos diese la opción de elegir entre varios métodos para aliviar nuestra conciencia, ¿no sería lógico que probásemos primero con los menos dolorosos, dejando los más desagradables para después? ¿O lo que ocurre es que equilibramos la naturaleza de la falta con la intensidad del castigo?

Para terminar, un poco de luz. No sabemos aún si el autocastigo seguiría ocurriendo de ser posible la opción de ayudar a la víctima. Yo, personalmente, creo fervientemente que no. O al menos deseo creer que no. Como decía Simón Bolívar, “el castigo más justo es aquel que uno mismo se impone”. Siguiendo esta directriz, no seáis demasiado duros con vosotros mismos. Y si lo sois, tratad de enmendaros mediante la ayuda, no a través del castigo.

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Bibliografía consultada:

  • Baumeister, R. F., Stillwell, A. M., & Heatherton, T. F. (1994). Guilt: An interpersonal approach. Psychological Bulletin, 115(2), 243-267.
  • Inbar, Y., Pizarro, D. A., Gilovich, T., & Ariely, D. (In press). Moral masochism: On the connection between guilt and self-punishment. doi: 10.1037/a0029749
  • Leff, G. (1967). Heresy in the later Middle Ages: The relation of Heterodoxy to dissent, c. 1250-c. 1450. Manchester, United Kingdom: Manchester University Press.
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Acerca de Nerea Ortega

Actualmente trabajo en el Laboratorio LabPsico de la Universidad de Deusto, dedicado al estudio de los mecanismos de aprendizaje humano. Desarrollo mi tesis doctoral principalmente en el campo de razonamiento causal, y en el área del olvido y la memoria, pero también investigo sobre Internet como metodología válida para hacer investigación, cognición, realismo depresivo y otros temas relacionados con el aprendizaje humano.
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2 respuestas a Masoquismo moral: ¿Hay conexión entre culpa y autocastigo?

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  2. Guadalupe dijo:

    Que interesante, ahora se que autocastigarme es por algún grado de culpa. Será mejor empezar a ayudar en vez de castigar.

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