¿Dónde está Wally?

O cómo percibimos, procesamos e identificamos una cara y llamamos a una persona por su nombre.

Como buen Bilbaíno, mi amigo Wally es fiel seguidor del Athletic, hasta tal punto que siempre va vestido con un jersey y un gorro rojiblanco (junto con sus gafas redondas, sus señas de identidad). Este fin de semana, Wally me invitó a ver un partido en San Mamés. “Si eres un apasionado del fútbol, tienes que vivir un partido en La Catedral”, me dijo –“Mira que el año que viene jugamos en el nuevo estadio”. Así que fui.

Decidimos quedar en un bar de los alrededores para tomarnos un zurito antes del partido. Por lo visto, no fuimos los únicos a los que se les ocurrió esta idea. Cuando llegué (tarde, como siempre), el bar estaba repleto de seguidores del Athletic. En otras palabras, todo el bar era rojiblanco: la decoración, las camisetas, las bufandas, las banderas… Todo. Todo tan rojiblanco como mi amigo Wally. “¡A ver quién lo encuentra ahora!”, pensé.

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Empecé a buscar a Wally entre cientos de seguidores y, para mi sorpresa, no tardé demasiado en encontrarlo. Me bastó con echar un vistazo de izquierda a derecha para identificar su cara, reconocerlo y empezar a gritar su nombre. “¡Wally! ¡Eh, Wally!”.

Muchas veces no somos conscientes de lo complejas que son actividades del día a día tales como coger un vaso de agua, mantener una conversación con el vecino o, en este caso, reconocer a una persona y llamarla por su nombre. Pero lo cierto es que en menos de un segundo percibimos una cara, procesamos y codificamos su información estructural, reconocemos esa cara, identificamos y recuperamos información semántica sobre la persona (profesión, familiaridad, etc.), accedemos a la información léxica y fonológica y, finalmente, creamos un plan fonético y articulamos su nombre. Todo ello en menos de un segundo. En unos 750 milisegundos, para ser más exactos. Palabra de Galdo-Álvarez y colaboradores.

En 2009 estos autores realizaron una excelente revisión sobre el tema, en la que repasan un gran número de artículos de neurociencia en los que se utilizan técnicas temporales (potenciales evocados) y funcionales (resonancia magnética funcional) para poner a prueba los distintos modelos explicativos y describir cuándo y dónde (en qué áreas del cerebro) tienen lugar cada uno de los múltiples procesos implicados en la identificación y denominación de caras.

Así, el artículo cuenta cómo, tras poner los ojos en alguien, lo primero que hacemos es percibir su cara como lo que es: un estímulo visual. En torno a los 100 milisegundos la codificación de la información visual de carácter general llega a la corteza estriada en el lóbulo occipital. Ante el estímulo en cuestión (en mi caso, la cara de mi buen amigo Wally), las neuronas de esa zona generan un patrón de actividad electrofisiológico muy característico, llamado P100. En definitiva, a los 100 milisegundos de haber visto una cara simplemente sabemos que hemos visto algo, pero todavía no sabemos qué.

No obstante, tan solo 70 milisegundos después (en torno a los 170), nuestro cerebro comienza a codificar características estructurales de la cara. Dicho con otras palabras, identifica lo que a los 100 milisegundos era simplemente un código visual como una cara: “ojos, nariz, boca… ummm… ¡parece que es una cara!” es lo que nos están diciendo, en su idioma de activación electrofisiológica, las neuronas situadas en el giro fusiforme, en el lóbulo temporal. A los 170 milisegundos ya sabemos qué estamos viendo (una cara), pero todavía no sabemos a quién. Ni siquiera si esa cara pertenece a alguien que conocemos. Mientras tanto, mi cerebro sigue preguntándose dónde está Wally, pero no por mucho tiempo.

áreas cerebrales

Es entre los 200 y los 300 milisegundos cuando accedemos a lo que los modelos cognitivos llaman “Unidades de Reconocimiento Facial” (Bruce & Young, 1986). Cual software del FBI buscando la identidad de unas huellas dactilares, lo que hacemos en este intervalo temporal es cotejar o hacer un “matching” entre la cara que estamos viendo y las caras que tenemos almacenadas en nuestra memoria. De nuevo, el giro fusiforme juega un papel fundamental. Sin embargo, es en el lóbulo temporal medial donde se registra mayor actividad neuronal. Si bien a los 300 milisegundos ya hemos identificado y reconocido la cara, aún no hemos accedido a la información semántica relacionada con esa cara. Es decir, sé que conozco a Wally, pero todavía no sé de qué lo conozco, ni si somos amigos, ni en qué trabaja. ¡Ah, y sigo sin saber que es del Athletic!

No tardaré mucho en averiguarlo, puesto que inmediatamente después, entre los 300 y los 600 milisegundos accedemos a la información semántica relacionada con la persona, lo que los modelos cognitivos llaman “PINs” (Nodos de Identidad Personal). De este modo, tras la identificación de la cara que estamos viendo se produce la activación de estos nodos que contienen información semántica sobre la persona. Las zonas más implicadas en este proceso son sobre todo áreas temporales anteriores y áreas prefrontales. A los 600 milisegundos no sólo sé que esa cara es conocida y que se llama Wally, además sé que es mi amigo, que nos conocimos en una cafetería, que le encanta el alpinismo… Y por supuesto, que es rojiblanco de corazón.

Ya solo me queda gritar su nombre (obviamente, si se trata de alguien que nos cae mal, omitiremos este paso en el proceso). El acceso a la información fonológica se inicia alrededor de los 450 milisegundos, por lo que este proceso transcurre en paralelo a la recuperación de la información semántica. De nuevo, en este intervalo están involucradas áreas temporales, así como las áreas de Broca y de Wernicke. Sobre los 650-750 milisegundos ya habremos creado un plan fonético para, finalmente, articular su nombre: “¡Wally!”.

Claro que, después de esos 750 milisegundos todavía queda el paso más importante de todos: ¡Disfrutar del partido en compañía de un buen amigo!

Referencias

Bruce, V., & Young, A. (1986). Understanding face recognition. British Journal of Psychology, 77, 305-327.

Galdo Alvarez, S., Lindín Novo, M., & Díaz Fernández, F. (2009). Naming faces: A multidisciplinary and integrated review. Psicothema, 21(4), 521-527.

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2 respuestas a ¿Dónde está Wally?

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