Desarrollo de una intervención que mejora la capacidad crítica y el pensamiento científico de los adolescentes

Artículo escrito por Itxaso Barberia, investigadora en EVENT-Lab (Universitat de Barcelona).

Uno de los procesos de aprendizaje fundamentales que los humanos (y otros animales) ponemos en marcha desde que nacemos hasta que morimos tiene que ver con la detección de relaciones causa-efecto entre los sucesos que ocurren a nuestro alrededor. Aprendemos a predecir qué ocurrirá si nos acercamos demasiado al fuego, qué pudo provocar el enfado de un amigo, etc. De hecho, ser capaz de detectar estas relaciones es fundamental para nuestra supervivencia y, quizá por ello, la evolución nos ha convertido en detectores efectivos de relaciones causales. El problema es que, en situaciones ambiguas en las que existen muchos factores implicados, la detección de estas relaciones se complica enormemente. En estas situaciones las personas tendemos a buscar orden, en ocasiones “inventando” relaciones causales aunque éstas no vengan respaldadas por la evidencia objetiva. Entonces desarrollamos lo que se conoce como una “ilusión causal”. La investigación sugiere que las ilusiones causales podrían estar en la base del pensamiento supersticioso, las creencias paranormales, la pseudomedicina, la formación de estereotipos sociales, y un sinfín de creencias irracionales que persisten en nuestra sociedad. Por lo tanto, el potencial dañino de estas ilusiones es considerable.  

Aunque existen muchos laboratorios de Psicología que estudian los mecanimos por los que las ilusiones causales emergen y persisten, así como las condiciones bajo las cuales el desarrollo de estas ilusiones es más probable, no abundan los estudios que hayan explorado hasta qué punto podemos proteger a las personas contra el desarrollo de nuevas ilusiones de este tipo.

Partiendo de esta idea, en el laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto hemos llevado a cabo una intervención con alumnos de secundaria en la que tratábamos de inmunizar a los participantes contra el desarrollo de ilusiones causales, (véase Barberia, Blanco, Cubillas, Matute, 2013). La intervención comenzaba con una pequeña escenificación. Mediante ésta se trataba de concienciar a los adolescentes de la facilidad con la que todas las personas desarrollamos ilusiones causales (algo que puede resultarnos difícil de aceptar si nos lo cuentan sin haberlo experimentado). En esta fase se presentaba a los participantes un material supuestamente recién desarrollado que, en contacto con la piel de las personas, mejoraba el rendimiento intelectual y físico. Se trataba en realidad de un trocito de hierro estándar sin ninguna característica especial. De todas formas, y mediante la utilización de estrategias y ejercicios similares a los empleados en la promoción de otros productos milagro, los participantes terminaban esta fase de la intervención convencidos, en su mayoría, de la efectividad del producto. Por ejemplo, los experimentadores pedían a los participantes que realizasen un ejercicio físico dos veces, siempre en el mismo orden: primero sin el producto y a continuación con el producto en sus manos (esta manera de prodecer favorecía que el producto pareciese efectivo, ya que nuestra ejecución tiende a ser mejor después de haber sido brevemente ensayada o entrenada). También pedían a los participantes que realizasen distintos ejercicios mentales como, por ejemplo, encontrar la salida de un laberinto, siempre mientras el producto estaba en contacto con su piel. Estos ejercicios mentales eran deliberadamente sencillos y rápidos de resolver, favorenciendo así que los participantes sintiesen que su actuación era especialmente buena.

Antes de confesar la ineficacia del supuesto “producto milagro”, se pasaba a una segunda fase en la que los experimentadores debatían con los adolescentes sobre la información necesaria para inferir una relación causal. En esta fase se introducía la lógica del método experimental mediante distintos ejemplos. A través de ellos se hacía hincapié en la idea de que el hecho de que una posible causa y su efecto potencial coincidan en el tiempo no garantiza que ambos eventos estén causalmente relacionados. De todas formas, las personas tendemos a dar mucha importancia a estas coincidencias y, de hecho, la investigación psicológica indica que son en gran parte las responsables del desarrollo de las ilusiones causales. Así, cuando la ingestión de un posible remedio de hierbas coincide con la desaparición de un dolor de cabeza que una persona estaba experimentando, ésta tenderá a atribuir la mejoría al remedio que ha tomado (y compartirá sus creencias sobre la milagrosas cualidades del remedio con sus vecinos, familiares y amigos). Sin embargo, otra persona que haya probado el mismo remedio y no haya notado mejoría será más reticente a compartir este tipo de infomación. Incluso si lo hace, podría recibir de los “creyentes” respuestas del tipo “Pues Pepita tomó la infusión y le funcionó de maravilla”, o “Quizá no tomaste la dosis suficiente”, etc., restando valor a la aparente ineficacia experimentada por esta persona. No sólo eso, sino que todos los casos de personas que no tomaron ningún remedio y aun así se sintieron aliviados de su dolor de cabeza (lo que llamamos una “remisión espontánea”, algo muy común en este tipo de dolencias leves) serán esencialmente ignorados. Así, una vez instaurada la expectativa de que el remedio es efectivo para la dolencia, el observador focaliza la atención en aquellos casos en los que la ingestión del remedio coincide con la desaparición de la dolencia, e ignora en gran medida el resto de evidencia. Los publicistas parecen conocer bien esta manera de operar de nuestra mente, y por ello utilizan reclamos publicitarios como “¡El 80% de las personas que tomaron nuestro producto notaron beneficios en sólo una semana!”. El problema de estas afirmaciones es que no nos permiten en absoluto conocer la eficacia real del producto. Para ello necesitamos conocer, entre otras cosas, qué porcentaje de personas, de entre aquellas que no tomaron el producto, se sintieron mejor al cabo de una semana.

Lo interesante de la intervención llevada a cabo por nuestro equipo es que, tras completar las fases descritas hasta ahora, todos los participantes realizaban una última tarea a través del ordenador. Con ella se pretendía poner a prueba la eficacia de la intervención recibida. Esta tarea era similar a las que se han utilizado en estudios previos con el objetivo de inducir de una ilusión causal. Se pedía a los participantes que imaginasen que eran médicos poniendo a prueba la eficacia de un nuevo medicamento para curar un síndrome. Para ello, los participantes disponían de una muestra de pacientes que sufrían el síndrome. En la pantalla del ordenador, los participantes observaban estos pacientes uno a uno, decidiendo si querían administrarles el medicamento o no, y observando a continuación si el paciente se curaba o no. Los resultados mostraron que los participantes que habían pasado por la intervención eran más resistentes al desarrollo de ilusiones causales, en comparación con una muestra similar que todavía no había pasado por dicha intervención. Además, este efecto parecía estar mediado por el hecho de que los participantes parecían dar más importancia a aquellos pacientes que no habían tomado el medicamento (cuando se les daba la opción, probaban a no administrar el medicamento a algunos pacientes para observar cuál era la tasa de recuperación espontánea del síndrome). Estos resultados sugieren que la intervención había favorecido el pensamiento crítico y científico de los adolescentes, haciéndolos menos proclives a desarrollar ilusiones causales.

Con cierta frecuencia se desarrollan intervenciones educativas o divulgativas con el fin de erradicar la pseudociencia o expandir el pensamiento críticoUna de las aportaciones más significativas de la investigación aquí resumida es que, en este caso, la eficacia de la intervención fue puesta a prueba experimentalmente. Es por tanto un primer paso hacia futuras intervenciones para desarrollar el pensamiento crítico basadas en la evidencia.

Referencia:

Barberia, I., Blanco, F., Cubillas, C. P., & Matute, H. (2013). Implementation and assessment of an intervention to debias adolescents against causal illusions. PLoS ONE 8(8): e71303. DOI: 10.1371/journal.pone.0071303.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Artículos y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s