Así luchamos contra la procrastinación

Seguro que la siguiente situación suena familiar para la mayoría de los lectores. Un día, un estudiante llega a la universidad y le dicen que para dentro de un mes tendrá que escribir un informe de unas pocas páginas. Observado el asunto de forma racional, en una semana ya daría tiempo de sobra para completar este trabajo, sin sacrificar otras actividades como acudir a clase, hacer las tareas domésticas y dedicar tiempo al ocio. Así que un mes es un plazo más que generoso. Es sólo cuestión de organizarse, ¿no?

Pues no, no es tan fácil. Cuando nos marcan plazos más o menos amplios, como el de este ejemplo, se pavimenta ese seductor camino que lleva a abandonarse a la procrastinación y que todos transitamos de vez en cuando. O dicho de otra forma, por un motivo u otro acabamos haciendo el vago un poco, aunque sea de manera inofensiva, y dejando pasar el tiempo. El personaje de nuestro ejemplo seguramente pisoteará en el barro ese refrán que dice “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Con suerte, el informe estará terminado los tres días anteriores a la fecha de entrega, hecho a todo correr y aún le quedará en la boca la amarga sensación de que ha tirado casi un mes a la basura, en vez de haberlo dedicado a algo útil. Con lo fácil que habría sido ser precavido y empezar a trabajar antes…

La moraleja de esta historia es que las personas, como todos los animales, tenemos problemas de autocontrol. Está demostrado que las recompensas inmediatas, como pasar un ratito vagueando en pijama en vez de adelantar trabajo, o como saltarse la dieta “sólo por esta vez”, son altamente atractivas. Sin embargo, los objetivos a largo plazo (en este caso, sacar una buena nota al final de curso, o tener mejor salud), aun cuando objetivamente sean más relevantes que esas pequeñas recompensas inmediatas, nos parecen tan lejanos que los dejamos a un lado. Esta cuestión se ha estudiado incluso en experimentos con animales (Rachlin y Green, 1972), y tiene implicaciones muy relevantes, por ejemplo, en el campo de las drogodependencias y las conductas impulsivas (e.g., Madden, Petry, Badger y Bickel, 1997).

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Fuente: Daniele Zanni

Pero he aquí que las personas somos conscientes de nuestra peligrosa preferencia por las recompensas inmediatas, e intentamos ponerle límites de distintas formas. Por lo general, esta lucha contra la tentación se traduce en la autoimposición de límites y restricciones. Por ejemplo, si quiero bajar unos kilos, dejaré de comprar bollería en el supermercado. A veces la restricción consiste en ponernos una fecha límite: qué distinta habría sido la historia de nuestro ejemplo si el personaje se hubiera propuesto seriamente acabar el informe los primeros 15 días. Ved que en estos casos la restricción se traduce en una decisión que se toma en el presente para evitar caer en las posibles tentaciones que podrían ocurrir en el futuro. Es decir: “ahora mismo no me apetece un donut de chocolate, pero si no los tengo en casa evitaré comerlos si en unas horas me apeteciera”. Otro ejemplo claro son los límites de gasto en las tarjetas prepago de los teléfonos móviles. Es un buen ejemplo de lo que quiero decir porque la autoimposición tiene lugar de manera estratégica, planificada.

En un par de experimentos famosos, los investigadores Dan Ariely y Klaus Wertenbroch (Ariely y Wertenbroch, 2002) se propusieron estudiar hasta qué punto la gente escoge libremente fijarse fechas límite para controlar su tendencia a perder el tiempo cuando tienen que realizar trabajos, si esos plazos autoimpuestos suponen algún sacrificio real o son un simple brindis al sol y, por último, cómo afectan estas decisiones a su rendimiento en dichas tareas (¿a mejor o a peor?).

En el primer estudio de este artículo, los autores utilizaron unas condiciones muy naturales puesto que los participantes eran estudiantes que, como en el ejemplo que abría el post, debían entregar una serie de trabajos durante el semestre. Sin embargo, me parece más interesante contar aquí el segundo experimento descrito en el artículo, que se realizó con una tarea más controlada y aporta información más concreta (no obstante, animo al lector a que consulte el artículo original, ¡es breve y divertido!).

Los investigadores pusieron un anuncio en el tablón de la facultad, buscando alumnos que se ofrecieran a revisar textos para detectar erratas y fallos gramaticales. La tarea consistiría en examinar tres textos de diez páginas cada uno. La recompensa ofrecida era de 10 centavos por error detectado, con una penalización de 1 dólar por cada día de retraso con respecto a la fecha límite de entrega.

En realidad, sin que los participantes conocieran este detalle, los textos que iban a ser revisados se habían generado mediante una herramienta informática como esta. Básicamente, eran textos gramaticalmente correctos pero intencionalmente oscuros y realmente sin ningún sentido. Después, los investigadores pusieron 100 errores gramaticales y tipográficos en cada artículo.

La manipulación experimental consistió en lo siguiente. Los participantes en el estudio fueron divididos en tres grupos. En el primer grupo, las fechas de entrega de los tres textos revisados se repartieron de manera uniforme: un texto cada siete días. En el segundo grupo, los tres textos debían ser entregados a la vez, en un plazo de tres semanas (21 días). Por último, en el tercer grupo, los participantes tuvieron libertad para fijarse sus propias fechas de entrega para cada texto, siempre que se cumplieran dos condiciones: primero, las fechas se decidían al aceptar el encargo y no podían cambiarse; y segundo, el plazo máximo para tener entregados los tres textos era de tres semanas. No había ningún tipo de recompensa por entregar un trabajo antes de la fecha prevista.

Como es evidente, en realidad los tres grupos tenían el mismo tiempo para revisar los tres textos, tres semanas en total. Lo interesante es examinar qué hicieron los participantes del tercer grupo, en el que podían fijarse sus propias fechas de entrega. En principio, habría tres posibles estrategias que estos participantes podrían utilizar. En esta situación, lo más racional para ellos habría sido escoger las tres fechas de entrega en el mismo día: al final del plazo máximo (21 días). De esta forma, dispondrían de mucho más tiempo para cada trabajo y evitarían las penalizaciones por posibles retrasos. Por otro lado, aunque este sería el comportamiento racional en cuanto a riesgos/beneficios, los participantes podrían ser conocedores de sus propios problemas de autocontrol y de su mayor o menor tendencia a procrastinar. Por eso, la capacidad de elegir fechas de entrega era una oportunidad de oro para autoimponerse plazos y obligarse a llevar el trabajo al día, como explicábamos al principio de este post, incluso aunque esto conlleve el peligro de retrasarse en alguna entrega y pagar la consiguiente penalización. Por supuesto, también podría darse una tercera opción: que los participantes escogieran entregar todos los trabajos al final (como sería racional), pero a la vez lucharan contra la tentadora procrastinación fijándose fechas límite de manera privada, sin comunicárselo a los investigadores. Esta tercera opción sería un buen equilibrio entre las otras dos: por un lado se dispondría del máximo tiempo para trabajar y se evitaría el peligro de retrasarse en una entrega, y por otro lado, la autoimposición de fechas límite prevendría el dejarlo todo para el último momento. El problema con esta tercera opción es que, al no implicar un compromiso salvo con uno mismo, la amenaza de incumplimiento puede no ser lo bastante disuasoria como para evitar “hacer trampas” y ceder a la tentación de relajar el ritmo de trabajo sin que haya consecuencias. ¿Qué decidieron hacer los participantes?

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Fuente: Phil Hilfiker

Los resultados del estudio indican que los participantes que tenían la oportunidad de escoger las fechas de entrega decidieron fijarlas de forma espaciada en el tiempo. Como disponían de tres semanas para entregar tres trabajos, tendieron a fijarse una semana de plazo para terminar cada trabajo, de forma parecida al primer grupo de participantes en el que fue el investigador quien fijó las fechas de entrega. En este sentido, los participantes con libertad de elección no escogieron la opción óptima en cuanto a beneficios/riesgos, e incluso desecharon la ocasión de marcarse fechas de entrega por su cuenta, y prefirieron aprovechar para imponerse límites significativos, con riesgo de penalización si se incumplen.

Cuando los investigadores midieron el rendimiento en la tarea, observaron que los participantes que detectaron un mayor número de errores en los textos fueron aquellos a los que se obligó a entregar sus trabajos de forma espaciada (cada semana), seguidos por los que tuvieron la oportunidad de elegir sus fechas de entrega (y escogieron mayoritariamente espaciarlas). Los que peor lo hicieron fueron los que tuvieron 21 días para entregar los trabajos a la vez. El mismo resultado se reprodujo con otras dos medidas de rendimiento: la cantidad de dinero conseguida y el número de penalizaciones por retraso. Llama la atención que el grupo que peor lo hizo en general (incluso con más retrasos en las entregas) fue precisamente aquel al que se le dio un plazo más largo, 21 días, para hacer los tres trabajos. Parece, pues, que esta estrategia aparentemente racional en términos objetivos no es la más exitosa en la práctica, por culpa de la tendencia de las personas a procrastinar y dejar a un lado las recompensas demoradas en el tiempo, en favor de las inminentes.

En resumen, los participantes en los estudios de Ariely y Wertenbroch (2002) demostraron cómo la gente es consciente de sus problemas de autocontrol y valora las oportunidades que se le dan para dividir el trabajo en plazos uniformes, imponiéndose libremente estas fechas de forma que son significativas y costosas (es decir, pasarse la fecha tenía consecuencias en forma de penalización). En cualquier caso, en términos de rendimiento, parece que lo mejor que puede hacer un profesor o coordinador de un equipo de trabajo es imponer fechas de entrega espaciadas en el tiempo y que impliquen penalizaciones en caso de que no se cumplan. Debería evitarse la práctica común de exigir la entrega de todos los trabajos del semestre el último día de clase. Aunque en apariencia es una forma de optimizar el rendimiento, en la práctica no funciona tan bien. La tentación de dejar todo el trabajo para el final es, por lo visto, demasiado irresistible.

Referencias:

Fuentes de las imágenes: Daniele Zanni y Phil Hilfiker (licencia CC-BY-NC-SA)

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Acerca de Fernando Blanco

Experimental Psychologist. Believe it or not, this is fun!
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4 respuestas a Así luchamos contra la procrastinación

  1. Pingback: La procrastinación o luego lo hago | Orientacion San José

  2. Que excelente material y con su respectiva bibliografía!, te agradezco tu trabajo tan prolijo. Soy docente Universitario y esta información me es bastante útil.
    Saludos!
    Francisco A.

  3. Pingback: Así luchamos contra la procrastinaci&oac...

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