El problema de la superstición

Post escrito por Ion Yarritu, doctor en Psicología.

El ser H es una máquina de aprender. Bajo ese entramado de piel, carne y huesos esconde un engranaje de representaciones y asociaciones mentales que llenan de significado el mundo que lo rodea. Un mecanismo con una imperiosa necesidad: entender su medio, aprehender de él las verdades que lo conduzcan a comprender el porqué de lo que en él ocurre. En un mundo complejo, de fuerzas físicas extrañas, donde sin motivo aparente u objetivo concreto se presentan los más variopintos sucesos (algunos favorables; otros, sin embargo, trágicos), nuestro amigo H se afana por dilucidar las causas de estos sucesos. No entiende su propia necesidad de conocimiento, tampoco la cuestiona, su único objetivo es comprender por qué ocurren estos sucesos, ser capaz de predecirlos, de controlarlos. Su herramienta, ese mecanismo intuitivo por el cual se ve empujado a prestar atención a las claves que preceden a los sucesos, le conduce muchas veces a establecer relaciones entre los eventos precedentes y el suceso que ocupa su interés.
De este modo, H ha descubierto muchas cosas. Por ejemplo, tras observar repetidas veces cómo después de una jornada de lluvias los hongos brotan en la profundidad del bosque, H llegó a la conclusión de que el agua que cae del cielo ha de tener algún tipo de poder causal sobre el crecimiento de estos frutos que tanto le gustan. En una ocasión H recolectó una gran cantidad de hongos de colores llamativos, rojos en su mayoría. Tras darse un suculento festín comenzó a encontrase mal. La indisposición de H estuvo a punto de acabar con su vida. Este hecho le llevó a recapacitar sobre las causas que habían podido producir tal afección. Concluyó que el color rojo de los alimentos que había consumido era sin duda la causa de su envenenamiento y decidió evitar comer en el futuro cualquier alimento de ese color.
Su curiosidad le ha llevado a otros conocimientos singulares. En su serena contemplación del cielo, H ha observado cómo, tras la caída del sol, la luna se levanta imperturbable junto a las estrellas. Este hecho no puede sino significar que la muerte del sol implica su desmembramiento, causando así la aparición de la luna y las estrellas; mientras que, día a día, su nacimiento conlleva la unión de su partes en un todo. Otro de sus descubrimientos, el más fortuito, es aquel cuya autoría lleva H con más orgullo. En una ocasión, mientras afilaba un cuerno de alce, H aspiró por accidente un poco de la raspadura del cuerno. Aquel día H consiguió una gran pieza de caza gracias a la cual la tribu se pudo alimentar varios días. Aspirar la raspadura del cuerno de alce había incrementado su destreza en la batida, infirió H, quien propuso a sus congéneres que el cuerno de alce tenía propiedades beneficiosas para el ejercicio de la caza. La gran mayoría de sus compañeros siguieron su consejo y tuvieron suerte en sus partidas de caza. Lo que no hizo sino reforzar su creencia.
Lo que H aprende le da una ventaja sobre el medio que habita. Las relaciones causales que va estableciendo a lo largo de su vida conforman el grueso de sus conocimientos acerca de su entorno y estos conocimientos le sirven como herramienta para adaptarse de manera más satisfactoria al mismo. Además, estos conocimientos reducen la incertidumbre propia de enfrentarse a un medio en constante cambio. Un medio ambiente en movimiento donde el azar e innumerables factores ajenos a su entendimiento intervienen para dar fruto a las consecuencias más diversas. En un ambiente así, el conocimiento de las posibles causas que derivan en consecuencias favorables o desfavorables otorga la llave que abre la puerta que separa la vida de la muerte.

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Hoy día sabemos que muchas de las conclusiones de nuestro amigo H son falsas. Es más, algunas de ellas podrían ser consideradas como formas de pensamiento mágico o conducta supersticiosa. Por ejemplo, la creencia que tiene nuestro amigo de que el cuerno de alce incrementará su destreza en la caza podrá parecernos carente de sentido. Otras, son incompletas pero útiles. No todos los alimentos de color rojo son tóxicos, pero el riesgo de sufrir un envenenamiento bien merece no probar la manzana roja (o si no que se lo pregunten a Blancanieves). No obstante, algunas de ellas son ciertas o, por lo menos, no tan cuestionables. Que el agua influye en el crecimiento de los hongos es obvio, y que este conocimiento conlleva una ventaja en la supervivencia incuestionable. Sabiendo que después de las lluvias crecerán los hongos, H puede predecir su aparición y recolectarlos fácilmente. Lo que tienen en común todas estas creencias es que se sustentan en el mismo mecanismo intuitivo, un proceso cognitivo común a todos los humanos y por el cual se establecen las relaciones causa-efecto. Este mecanismo es una herramienta de vital importancia, a pesar de lo cual, no está exenta de errores.

Si H viajase hoy a la sociedad occidental moderna encontraría una cultura tecnócrata basada en el conocimiento científico. Vería cómo la curiosidad humana ha llevado a la especie a grandes descubrimientos. Vería rascacielos, hospitales, aviones, teléfonos, ordenadores… Objetos mágicos que no podría haber imaginado ni en el más disparatado y desconcertante de sus viajes oníricos. Sin embargo, entre toda esta tecnología, entre todo este conocimiento cimentado en la investigación científica, H contemplaría también ciertas creencias que siguen instauradas en lo más profundo del conocimiento colectivo. Creencias que más parecen resquicios de su tiempo que fundamentos basados en el rigor científico.
En nuestro tiempo, H iría a algún acontecimiento deportivo en el que encontraría a miles de personas contemplando cómo los protagonistas del evento se preocupan por entrar al terreno de juego con el pie derecho y no con el izquierdo o cumplen escrupulosos rituales con el fin de conseguir la jugada perfecta. Quizá también visitase a algún brujo que por un módico precio le echaría las cartas para adivinar su futuro o leería en las estrellas su carácter y porvenir. Tal vez H no pudiese sobrellevar el shock que implica el cambio a la modernidad y cayese enfermo. Alguien le recomendaría una clínica de medicina alternativa donde le alinearían los chakras clavando agujas en su piel, le masajearían el alma y le crujirían la espalda. Al marchar de la clínica una amable enfermera le pondría en la mano un bote de pastillas de sacarosa advirtiéndole de que si no se toma tres capsulas al día los síntomas no remitirán.
A la salida un grupo de curiosos esperaría su aparición y él, orgulloso, expondría sus propios descubrimientos adquiridos tras años de convivencia en la tribu. Los curiosos tacharían sus ideas de supersticiosas y H, que escucharía atónito las críticas, no entendería nada. ¿Por qué no iba ser cierto todo aquello que él ha descubierto gracias a su experiencia? ¿Es más cierto que uno puede leer en las estrellas su futuro que el hecho de que él sea capaz de aumentar su destreza gracias al cuerno de alce? ¿Qué tiene de increíble su teoría acerca del origen de la luna y las estrellas?, y, ¿por qué es mejor la explicación, incomprensible para él, que le ofrece un astrónomo?
Nuestro amigo volvería a casa consternado e indignado. Y no es para menos, puesto que muchas de las prácticas que ha podido observar durante su viaje están basadas en creencias que son tan merecedoras de ser tachadas de supersticiones como lo son algunas de sus propias conclusiones y descubrimientos. En una sociedad cimentada en el saber científico, cuya vida en ella no es ya imaginable sin los productos de este conocimiento, la superstición y la pseudociencia siguen estando a la orden del día. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué las personas incurrimos una y otra vez en razonamientos erróneos que nos llevan a las creencias más estrafalarias?

Para responder a estas preguntas tenemos que atenernos al modo en el que se producen estas creencias. Las supersticiones son creencias irracionales que implican el establecimiento de relaciones causales que no son reales. Algunas personas tienen la convicción de que la causa de un acontecimiento trágico es un mal de ojo. Muchos deportistas creen que el éxito de su juego se debe a rituales que realizan escrupulosamente antes de cada partido. Otros creen en el poder de determinados amuletos para producir buena suerte. Y están los que afirman que determinados tratamientos alternativos (quiropráctica, homeopatía, reiki, etc.) tienen la capacidad de producir la curación de determinadas enfermedades. Aunque diferentes, todos estos ejemplos tienen un denominador común: en todos existe una causa potencial y un efecto y, pese a que esta causa potencial no tiene ciertamente ningún poder causal sobre el efecto, los protagonistas de estos ejemplos creen que existe una relación causal.
Al igual que ocurría con los descubrimientos de H, las conclusiones que extraemos las personas de hoy en día acerca de las relaciones de dependencia que existen entre los eventos del entorno son el resultado de procesos cognitivos de razonamiento y aprendizaje. Pese a que culturalmente el ser humano ha avanzado mucho en relativamente poco tiempo, nuestra biología apenas ha cambiado en decenas de miles de años. Los procesos cognitivos que antaño gobernaban nuestra vida mental siguen hoy día siendo los mismos y sus ventajas e inconvenientes también son los mismos. En la mayoría de las ocasiones el mecanismo implicado en el establecimiento de las relaciones causa-efecto nos lleva a conclusiones acertadas u óptimas. Sin embargo, bajo ciertas circunstancias este mecanismo no es todo lo preciso que cabría esperar y produce conclusiones erróneas. Conclusiones que podrían llevarnos a creer en la vinculación causal de dos sucesos que, si nos atenemos a la evidencia objetiva, son independientes. Conclusiones que nos podrían conducir a la creencia supersticiosa.
Nuestros propios mecanismos cognitivos no son infalibles. En ocasiones nuestra mente nos engaña y nos hace ver fantasmas donde sólo hay sombras. La observación sistemática, la experimentación y el análisis riguroso son, a día de hoy, la única receta para combatir tales fantasmas. La buena ciencia, el escepticismo racional y el pensamiento crítico como herramientas sistemáticas son las estrategias a seguir para superar la superstición.

Crédito de la imagen: Usuario Ebpilgrim en Pixabay (Licencia CC0)
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2 respuestas a El problema de la superstición

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  2. Nos encanta este blog. Esta última aportación es fantástica.

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