Usar una terapia alternativa completamente ineficaz te lleva a pensar que las terapias objetivamente eficaces lo son menos

Post escrito por David Luque, doctor en psicología.

Image: "Hepar" by Wikidudeman - Own work. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hepar.jpg#mediaviewer/File:Hepar.jpg

Hay una serie de productos en el mercado que se venden como sustancias o técnicas alternativas a la medicina convencional, con el mismo (o más) poder curativo, pero sin efectos secundarios. Como es bien sabido, prácticamente ninguna de estas terapias alternativas cuenta con evidencia empírica objetiva que avale su eficacia por encima de una sustancia placebo (se puede consultar, por ejemplo, el informe realizado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad). Aun así, algunos gobiernos las incluyen dentro de la cobertura que da la sanidad pública, facilitando enormemente el acceso a estas terapias (por ejemplo, en Australia). Un argumento que se suele esgrimir para defender este gasto de dinero público es que los ciudadanos deben ser libres de elegir qué terapia quieren, convencional o alternativa. En otras palabras, si un ciudadano decide que a él o ella le funciona mejor un remedio alternativo que la medicina normalmente prescrita para su dolencia, está en su derecho de ser tratado con el remedio alternativo. En última instancia (sigue el razonamiento), aunque sea cierto que la medicina alternativa no tiene un efecto curativo per se, estos productos o técnicas no suelen tener efectos secundarios, con lo que la eficacia atribuible al efecto placebo ya justificaría su consumo.

No es difícil ver que este razonamiento necesita ser evaluado con detenimiento por diversas razones. Uno de los puntos débiles del mismo, y en el cual me gustaría centrarme, es la idea de que el consumo de medicina alternativa no tiene efectos secundarios. La tesis que voy a defender es que, si bien puede que no tenga un efecto secundario “biológico” en la salud del paciente (produciendo dolor de cabeza, por ejemplo), sí que tiene un efecto “cognitivo” con graves consecuencias. Este efecto cognitivo consistiría en un sesgo a la baja en la evaluación de la eficacia de otras terapias disponibles (principalmente la medicina convencional). Es decir, el hecho de tomar una medicina alternativa, y pensar que la misma funciona, te puede llevar a pensar que la medicina convencional tiene menos efecto del que realmente tiene.

Esta hipótesis la pusimos a prueba en una investigación que hemos publicado recientemente I. Yarritu, H. Matute, y yo mismo en el British Journal of Psychology (1). En nuestro experimento, dos grupos de voluntarios tenían que aprender acerca de la efectividad de diferentes medicamentos para hacer que pacientes afectados por una enfermedad se recuperasen (tanto los medicamentos como los pacientes y la enfermedad eran completamente ficticios). Los participantes de ambos grupos veían en la pantalla de un ordenador diferentes casos hipotéticos, a los que llamaremos ensayos, en los que un paciente tomaba (o no) uno de los medicamentos ficticios (medicamento A) y luego observaban si el paciente se recuperaba o no.

En la primera parte del experimento mostramos entremezclados algunos ensayos en los que el paciente tomaba el medicamento A y otros ensayos en los que no tomaba nada. La única diferencia entre ambos grupos de participantes consistió en que en uno de ellos la proporción de casos en los que el paciente tomaba el medicamento A era mayor (80% de las veces) que en el otro grupo (20%). En ninguno de los grupos el medicamento tenía efecto alguno sobre la enfermedad, ya que la probabilidad de una recuperación era la misma en los ensayos en los cuales se había tomado el medicamento que en los ensayos en los que no se había tomado (70% en ambos casos). Aun así, pudimos observar que, pasados cierto número de ensayos, los participantes en el grupo de alta proporción de consumo del medicamento A afirmaban que éste sí producía una recuperación de la enfermedad. Esto es, encontramos en este grupo una “ilusión de causalidad”, efecto que se ha replicado en una serie de investigaciones previas. Debido al alto porcentaje de remisiones espontáneas, esta ilusión se observó en los dos grupos, pero fue significativamente más elevada en los participantes expuestos al medicamento en el 80% de los ensayos, comparado con el grupo que observó el medicamento únicamente en el 20% de los ensayos, efecto que también replicamos a partir de investigaciones previas (2).

Lo novedoso de nuestra investigación comenzaba a partir de la segunda parte del experimento. Para ambos grupos de participantes el experimento continuó sin que se les advirtiera de ningún cambio. No obstante, en los nuevos ensayos nuestros pacientes ficticios empezaron a tomar otro medicamento, el medicamento B, junto con el medicamento A. En estos nuevos ensayos los pacientes sí que se recuperaban con mayor probabilidad cuando tomaban los medicamentos A y B conjuntamente que cuando no tomaban nada. Dado que el medicamento A era inefectivo, el razonamiento correcto en esta situación es que el medicamento B tiene capacidad curativa real. Pero claro, ese es el razonamiento correcto si de hecho crees que el medicamento A es ineficaz. Pero la mitad de los participantes habían desarrollado una fuerte ilusión de que el medicamento A era eficaz. Tal y como esperábamos, esta creencia incorrecta afectó a la baja los juicios sobre la eficacia del tratamiento B. Y recordemos que el tratamiento B sí era eficaz.

En resumen: El hecho de creer que se estaba tomando una terapia eficaz, incluso cuando no lo era de un modo objetivo, impidió a nuestros participantes aprender correctamente que la otra terapia sí que tenía un efecto real sobre la enfermedad. Con este resultado en mente, se hace más complicado si cabe justificar que ciertos gobiernos promocionen el uso de terapias no científicamente validadas. Como efecto secundario, estos gobiernos pueden estar promocionando que sus ciudadanos utilicen en menor medida las terapias que de verdad sabemos que funcionan.
Referencias

  1. Yarritu, I., Matute, H., Luque, D. (2015). The dark side of cognitive illusions: When an illusory belief interferes with the acquisition of evidence-based knowledge. British Journal of Psychology. Advance Online Publication. DOI: 10.1111/bjop.12119
  1. Blanco, F., Matute, H., & Vadillo, M. A. (2013).Interactive effects of the probability of the cue and the probability of the outcome on the overestimation of null contingencyLearning & Behavior, 41, 333-340. doi: 10.3758/s13420-013-0108-8

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Crédito de la imagen: Image: “Hepar” by Wikidudeman – Own work. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons – http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hepar.jpg#mediaviewer/File:Hepar.jpg

 

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3 respuestas a Usar una terapia alternativa completamente ineficaz te lleva a pensar que las terapias objetivamente eficaces lo son menos

  1. Carol dijo:

    A ver si de una vez por todas la medicina se da cuenta de que desde la mente se pueden curar muchas enfermedades! El término “ilusión de causalidad” es un gran eufemismo para evitar decir “el poder de la mente”. Interesante estudio, aunque no esté de acuerdo con las conclusiones.

  2. Sara dijo:

    Cuanto más cree la gente en las terapias alternativas más medicos tradicionales comienzan a exponer las razones por las que esas terapias no son validas, porque tienen miedo de perder sus empleos y sus sueldos. Pero día a día, millones de personas están sufriendo los efectos secundarios de medicamentos que ellos recetan sin advertir que los tendrán.
    En lugar de luchar contra las terapias alternativas haciendo estudios sobre porque no funcionan, podríais poneros al día y hacer estudios sobre las que si funcionan.

    Obviamente estoy completamente de acuerdo con el comentario de Carol, el poder de la mente es tan potente que puede enfermarnos y curarnos de modo milagroso, pero el mercado farmaceutico, uno de los mas grandes del mundo, no quiere que la gente se entere, porque, si la gente sanara, ¿de que vivirian ellos?

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