El problema de la superstición

Post escrito por Ion Yarritu, doctor en Psicología.

El ser H es una máquina de aprender. Bajo ese entramado de piel, carne y huesos esconde un engranaje de representaciones y asociaciones mentales que llenan de significado el mundo que lo rodea. Un mecanismo con una imperiosa necesidad: entender su medio, aprehender de él las verdades que lo conduzcan a comprender el porqué de lo que en él ocurre. En un mundo complejo, de fuerzas físicas extrañas, donde sin motivo aparente u objetivo concreto se presentan los más variopintos sucesos (algunos favorables; otros, sin embargo, trágicos), nuestro amigo H se afana por dilucidar las causas de estos sucesos. No entiende su propia necesidad de conocimiento, tampoco la cuestiona, su único objetivo es comprender por qué ocurren estos sucesos, ser capaz de predecirlos, de controlarlos. Su herramienta, ese mecanismo intuitivo por el cual se ve empujado a prestar atención a las claves que preceden a los sucesos, le conduce muchas veces a establecer relaciones entre los eventos precedentes y el suceso que ocupa su interés.
De este modo, H ha descubierto muchas cosas. Por ejemplo, tras observar repetidas veces cómo después de una jornada de lluvias los hongos brotan en la profundidad del bosque, H llegó a la conclusión de que el agua que cae del cielo ha de tener algún tipo de poder causal sobre el crecimiento de estos frutos que tanto le gustan. En una ocasión H recolectó una gran cantidad de hongos de colores llamativos, rojos en su mayoría. Tras darse un suculento festín comenzó a encontrase mal. La indisposición de H estuvo a punto de acabar con su vida. Este hecho le llevó a recapacitar sobre las causas que habían podido producir tal afección. Concluyó que el color rojo de los alimentos que había consumido era sin duda la causa de su envenenamiento y decidió evitar comer en el futuro cualquier alimento de ese color.
Su curiosidad le ha llevado a otros conocimientos singulares. En su serena contemplación del cielo, H ha observado cómo, tras la caída del sol, la luna se levanta imperturbable junto a las estrellas. Este hecho no puede sino significar que la muerte del sol implica su desmembramiento, causando así la aparición de la luna y las estrellas; mientras que, día a día, su nacimiento conlleva la unión de su partes en un todo. Otro de sus descubrimientos, el más fortuito, es aquel cuya autoría lleva H con más orgullo. En una ocasión, mientras afilaba un cuerno de alce, H aspiró por accidente un poco de la raspadura del cuerno. Aquel día H consiguió una gran pieza de caza gracias a la cual la tribu se pudo alimentar varios días. Aspirar la raspadura del cuerno de alce había incrementado su destreza en la batida, infirió H, quien propuso a sus congéneres que el cuerno de alce tenía propiedades beneficiosas para el ejercicio de la caza. La gran mayoría de sus compañeros siguieron su consejo y tuvieron suerte en sus partidas de caza. Lo que no hizo sino reforzar su creencia.
Lo que H aprende le da una ventaja sobre el medio que habita. Las relaciones causales que va estableciendo a lo largo de su vida conforman el grueso de sus conocimientos acerca de su entorno y estos conocimientos le sirven como herramienta para adaptarse de manera más satisfactoria al mismo. Además, estos conocimientos reducen la incertidumbre propia de enfrentarse a un medio en constante cambio. Un medio ambiente en movimiento donde el azar e innumerables factores ajenos a su entendimiento intervienen para dar fruto a las consecuencias más diversas. En un ambiente así, el conocimiento de las posibles causas que derivan en consecuencias favorables o desfavorables otorga la llave que abre la puerta que separa la vida de la muerte.

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Hoy día sabemos que muchas de las conclusiones de nuestro amigo H son falsas. Es más, algunas de ellas podrían ser consideradas como formas de pensamiento mágico o conducta supersticiosa. Por ejemplo, la creencia que tiene nuestro amigo de que el cuerno de alce incrementará su destreza en la caza podrá parecernos carente de sentido. Otras, son incompletas pero útiles. No todos los alimentos de color rojo son tóxicos, pero el riesgo de sufrir un envenenamiento bien merece no probar la manzana roja (o si no que se lo pregunten a Blancanieves). No obstante, algunas de ellas son ciertas o, por lo menos, no tan cuestionables. Que el agua influye en el crecimiento de los hongos es obvio, y que este conocimiento conlleva una ventaja en la supervivencia incuestionable. Sabiendo que después de las lluvias crecerán los hongos, H puede predecir su aparición y recolectarlos fácilmente. Lo que tienen en común todas estas creencias es que se sustentan en el mismo mecanismo intuitivo, un proceso cognitivo común a todos los humanos y por el cual se establecen las relaciones causa-efecto. Este mecanismo es una herramienta de vital importancia, a pesar de lo cual, no está exenta de errores.

Si H viajase hoy a la sociedad occidental moderna encontraría una cultura tecnócrata basada en el conocimiento científico. Vería cómo la curiosidad humana ha llevado a la especie a grandes descubrimientos. Vería rascacielos, hospitales, aviones, teléfonos, ordenadores… Objetos mágicos que no podría haber imaginado ni en el más disparatado y desconcertante de sus viajes oníricos. Sin embargo, entre toda esta tecnología, entre todo este conocimiento cimentado en la investigación científica, H contemplaría también ciertas creencias que siguen instauradas en lo más profundo del conocimiento colectivo. Creencias que más parecen resquicios de su tiempo que fundamentos basados en el rigor científico.
En nuestro tiempo, H iría a algún acontecimiento deportivo en el que encontraría a miles de personas contemplando cómo los protagonistas del evento se preocupan por entrar al terreno de juego con el pie derecho y no con el izquierdo o cumplen escrupulosos rituales con el fin de conseguir la jugada perfecta. Quizá también visitase a algún brujo que por un módico precio le echaría las cartas para adivinar su futuro o leería en las estrellas su carácter y porvenir. Tal vez H no pudiese sobrellevar el shock que implica el cambio a la modernidad y cayese enfermo. Alguien le recomendaría una clínica de medicina alternativa donde le alinearían los chakras clavando agujas en su piel, le masajearían el alma y le crujirían la espalda. Al marchar de la clínica una amable enfermera le pondría en la mano un bote de pastillas de sacarosa advirtiéndole de que si no se toma tres capsulas al día los síntomas no remitirán.
A la salida un grupo de curiosos esperaría su aparición y él, orgulloso, expondría sus propios descubrimientos adquiridos tras años de convivencia en la tribu. Los curiosos tacharían sus ideas de supersticiosas y H, que escucharía atónito las críticas, no entendería nada. ¿Por qué no iba ser cierto todo aquello que él ha descubierto gracias a su experiencia? ¿Es más cierto que uno puede leer en las estrellas su futuro que el hecho de que él sea capaz de aumentar su destreza gracias al cuerno de alce? ¿Qué tiene de increíble su teoría acerca del origen de la luna y las estrellas?, y, ¿por qué es mejor la explicación, incomprensible para él, que le ofrece un astrónomo?
Nuestro amigo volvería a casa consternado e indignado. Y no es para menos, puesto que muchas de las prácticas que ha podido observar durante su viaje están basadas en creencias que son tan merecedoras de ser tachadas de supersticiones como lo son algunas de sus propias conclusiones y descubrimientos. En una sociedad cimentada en el saber científico, cuya vida en ella no es ya imaginable sin los productos de este conocimiento, la superstición y la pseudociencia siguen estando a la orden del día. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué las personas incurrimos una y otra vez en razonamientos erróneos que nos llevan a las creencias más estrafalarias?

Para responder a estas preguntas tenemos que atenernos al modo en el que se producen estas creencias. Las supersticiones son creencias irracionales que implican el establecimiento de relaciones causales que no son reales. Algunas personas tienen la convicción de que la causa de un acontecimiento trágico es un mal de ojo. Muchos deportistas creen que el éxito de su juego se debe a rituales que realizan escrupulosamente antes de cada partido. Otros creen en el poder de determinados amuletos para producir buena suerte. Y están los que afirman que determinados tratamientos alternativos (quiropráctica, homeopatía, reiki, etc.) tienen la capacidad de producir la curación de determinadas enfermedades. Aunque diferentes, todos estos ejemplos tienen un denominador común: en todos existe una causa potencial y un efecto y, pese a que esta causa potencial no tiene ciertamente ningún poder causal sobre el efecto, los protagonistas de estos ejemplos creen que existe una relación causal.
Al igual que ocurría con los descubrimientos de H, las conclusiones que extraemos las personas de hoy en día acerca de las relaciones de dependencia que existen entre los eventos del entorno son el resultado de procesos cognitivos de razonamiento y aprendizaje. Pese a que culturalmente el ser humano ha avanzado mucho en relativamente poco tiempo, nuestra biología apenas ha cambiado en decenas de miles de años. Los procesos cognitivos que antaño gobernaban nuestra vida mental siguen hoy día siendo los mismos y sus ventajas e inconvenientes también son los mismos. En la mayoría de las ocasiones el mecanismo implicado en el establecimiento de las relaciones causa-efecto nos lleva a conclusiones acertadas u óptimas. Sin embargo, bajo ciertas circunstancias este mecanismo no es todo lo preciso que cabría esperar y produce conclusiones erróneas. Conclusiones que podrían llevarnos a creer en la vinculación causal de dos sucesos que, si nos atenemos a la evidencia objetiva, son independientes. Conclusiones que nos podrían conducir a la creencia supersticiosa.
Nuestros propios mecanismos cognitivos no son infalibles. En ocasiones nuestra mente nos engaña y nos hace ver fantasmas donde sólo hay sombras. La observación sistemática, la experimentación y el análisis riguroso son, a día de hoy, la única receta para combatir tales fantasmas. La buena ciencia, el escepticismo racional y el pensamiento crítico como herramientas sistemáticas son las estrategias a seguir para superar la superstición.

Crédito de la imagen: Usuario Ebpilgrim en Pixabay (Licencia CC0)
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Aprender matemáticas con las manos

Aprender conceptos o tareas que impliquen alto nivel de abstracción es complicado incluso para los adultos, pero todos empezamos a darnos cuenta mucho antes, en el colegio. Pongámonos en los zapatos de aquel profesor que nos enseñó matemáticas en el instituto. Seguro que nos es fácil empatizar con sus esfuerzos y sus probables momentos de desesperación o impotencia al intentar expresar de manera inteligible algunos conceptos del temario. La cuestión es que, siendo este tipo de contenidos especialmente complejos de aprender y de enseñar, tampoco vemos que se impartan de una manera muy diferente al resto de las asignaturas. Mi profesor tenía su pizarra, sus tizas (a veces de colores) y su imaginación para poner ejemplos. Profesor, ¿puede la psicología actual ayudarle un poco en su trabajo, aunque mi consejo llegue con 20 años de retraso? Mi respuesta es que sí puede ayudar, al menos a ciertas edades, y es lo que vamos a tratar en este post.

El problema del razonamiento matemático es su nivel de abstracción. Requiere aplicar reglas y operaciones sobre objetos “internos”, representaciones simbólicas de objetos que no están presentes y a la vista, sólo están “en nuestra cabeza”, dicho esto de una manera un tanto coloquial. Por ejemplo, el número cuatro es un símbolo que representa una cantidad concreta, pero en sí carece de propiedades que indiquen qué está representando. Ya desde hace mucho tiempo (Piaget, 1953) se sabe que los niños tienen mayor facilidad para realizar operaciones sobre objetos físicos que sobre objetos “internos” o simbólicos. Por ejemplo, antes de que el niño aprenda a sumar dos números “con llevadas”, ya será capaz de realizar la misma operación ayudándose con objetos físicos como bloques de Lego, simplemente cogiendo las piezas separadas y colocándolas literalmente en sus lugares correspondientes. La mayor facilidad de esta segunda tarea reside en que la actuación es sobre objetos físicos, realizando movimientos motores con los que el niño está familiarizado, y no sobre objetos simbólicos como los números, que no permiten intervenciones físicas y cuyo significado además requiere ser aprendido previamente.

A partir de aquellas observaciones, los investigadores han ido tirando del hilo. Parecería lógico suponer que, al menos en los niños más jóvenes que empiezan a tomar contacto con las matemáticas, sería beneficioso trabajar con objetos físicos reales, como bloques de madera o de Lego, antes de pasar a los objetos simbólicos como se hace habitualmente, con cuaderno y lapicero. Se trata de realizar movimientos reales sobre objetos físicos que son una analogía de las operaciones abstractas sobre símbolos que después van a tener que aprender.

Esta estrategia se ha puesto en práctica, pero con resultados que no son del todo alentadores. El principal motivo para el pesimismo es que, una vez aprendida la operación matemática (por ejemplo, sumar con llevadas) sobre los objetos físicos, a veces se hace difícil que los niños transfieran ese aprendizaje a la misma tarea con objetos simbólicos (es decir, con números). Esto tiene lógica: el niño acaba enfocando su atención en aspectos irrelevantes de la tarea como los colores y el tacto de los objetos, en vez de obviarlos y quedarse con lo esencial de la analogía entre el movimiento motor de los bloques y la operación abstracta que representa.

En un artículo publicado este año, Miriam Novack y sus colaboras de la Universidad de Chicago (Novack y cols., 2014) describen un procedimiento que puede solucionar este problema. Las investigadoras advierten que hay otro tipo de movimientos motores que las personas realizamos constantemente, los gestos, que están a medio camino entre la intervención literal sobre objetos físicos y la operación simbólica. Los gestos manuales implican movimientos de las manos pero no requieren un objeto físico sobre el que actuar directamente. De hecho, los gestos suelen ser representaciones de acciones sobre objetos físicos. Y esto a pesar de que no siempre se parezcan a los movimientos motores que implican esas acciones. Digamos que son estilizaciones o versiones abstractas de dichos movimientos. Esto tiene una ventaja fundamental si se trata de aprovechar la clase de matemáticas: con los gestos, más abstractos que los movimientos literales sobre objetos físicos, hay menos peligro de que el aprendiz se distraiga con detalles irrelevantes para el problema.

¿Cómo usar gestos manuales para resolver problemas matemáticos? Imaginemos el siguiente problema de equivalencia donde el niño debe rellenar el hueco:

4 + 3 + 6 = _ + 6.

Para hacer bien el ejercicio, el niño tiene que darse cuenta de que debe sumar 4 + 3 y llevarlo al otro miembro de la ecuación. Un gesto que podría usarse para representar esta acción consiste en hacer el signo de la letra “V” con dos dedos de una mano, señalando los dos números (4 y 3, a la izquierda), y después moverse a la derecha y señalar con el dedo índice al hueco en blanco, indicando que la solución consiste en “agrupar” los dos números. En estudios anteriores (Goldin-Meadow y cols., 2009), se comprobó cómo unos niños a los que se enseñó este gesto para resolver el problema fueron capaces de extraer la regla correcta (sumar los dos números) incluso aunque nunca se les dijo explícitamente en qué consistía (parece que el gesto de cambiar una “V” por un dedo índice es bastante informativo en sí mismo). Más sorprendente aún: incluso cuando a los niños se les indicaba el par de números equivocado, éstos espontáneamente resolvían el problema de forma correcta, lo cual indica que fueron capaces de extraer la lógica subyacente del mismo, más allá de qué números les indicase el profesor.

En el estudio de Novack y cols. (2014) se intentó dar respuesta a la pregunta que más interesará a los profesores que quieran poner en práctica estas técnicas: ¿qué estrategia funciona mejor? ¿Deberíamos empezar “sumando bloques de Lego”, o es preferible que vayamos pensando en gestos que representen las operaciones que queremos transmitir? Para ello, las autoras diseñaron un experimento con tres grupos de aproximadamente 30 niños de unos 10 años de edad, y en cada uno pusieron en práctica una técnica de enseñanza diferente.

  • En el primer grupo, se enseñó a los niños a resolver problemas de equivalencia como el explicado más arriba mediante manipulación directa de objetos físicos, que en este caso eran fichas de madera con los números marcados en relieve. Los niños debían coger las fichas, que estaban pegadas en una pizarra magnética, y moverlas de uno a otro lado.
  • En el segundo grupo, la técnica consistió en un gesto manual que imitaba fielmente el movimiento de trasladar de sitio las fichas, pero sin tocarlas.
  • Por último, en el tercer grupo se empleó la ya comentada técnica del gesto en “V”, que no implica tocar las fichas ni tampoco se parece exactamente al movimiento que haríamos al recogerlas de la pizarra.

Como se puede apreciar, estos tres grupos implican realizar movimientos con las manos, pero se ordenan en una gradiente de menor a mayor abstracción y estilización del movimiento.
Tras un entrenamiento con algunas variantes del problema de equivalencia ya mencionado, todos los niños pasaron por un “examen” donde tuvieron que resolver problemas nuevos, es decir, no entrenados. Algunos de esos ejercicios del examen eran variantes que podían ser abordadas con la estrategia de agrupación que hemos estado viendo hasta ahora. Sin embargo, también se incluyeron problemas que no podían resolverse directamente con la estrategia de agrupamiento, sino que requerían una comprensión más profunda de la operación implicada: por ejemplo, en la ecuación 2 + 5 + 3 = _ + 6, ninguno de los sumandos del primer miembro se repite en el miembro de la derecha, y por tanto la tarea no es resoluble con la aplicación directa del agrupamiento y hace falta un nivel de comprensión más profundo. Por eso a éstos los vamos a llamar “ejercicios difíciles”.

Los resultados del estudio indican que, como avanzamos anteriormente, la enseñanza basada en manipulación de objetos físicos tiene una generalización muy pobre: apenas un 20% de los niños en esta condición fue capaz de resolver en el examen los problemas nuevos pero similares, y menos de un 15% consiguió hacer bien los ejercicios difíciles que requerían una comprensión profunda de la operación. Probablemente las propiedades físicas de las fichas atrajeron la atención de los niños hacia aspectos irrelevantes de la tarea. Por su parte, la técnica de enseñanza basada en gestos que imitaban fielmente los movimientos de las manos al mover las fichas obtuvo mejores resultados (aproximadamente un 25% de los problemas difíciles). Pero sin duda la gran campeona fue la condición en la que los niños tuvieron que aprender mediante un gesto abstracto (el gesto de la “V” y el dedo índice). Lo interesante es que más del 50% de los niños que aprendieron con este gesto estilizado resolvieron correctamente los problemas difíciles, que requerían ir más allá de la agrupación de sumandos. Como técnica para enseñar el procedimiento de agrupación y suma, el uso del gesto en “V” fue la más exitosa.

Así que hay esperanza para ti, profesor de matemáticas que te desesperas por el bien de tus estudiantes. La ciencia avanza. Pero eso sí, avanza despacio, que aquí hemos tratado el caso de operaciones aritméticas sencillas. Tardaremos un poco en llegar a las partes más duras de tu temario. Hasta entonces, paciencia y ánimo.

Referencias:

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Mindfulness, ¿una nueva técnica en psicología?

Estoy seguro de que la mayoría de vosotros, si no todos los que leéis esta página, conocéis lo que es la meditación. O por lo menos tenéis una idea aproximada de lo que es. Rápidamente nos viene a la cabeza una persona en posición de loto, en silencio. ..

Suelen decir que la meditación tiene ciertos efectos beneficiosos sobre quienes la practican a nivel psicológico, pero, ¿estos efectos son reales? Y de serlo, ¿cuáles son? ¿Para qué podemos usar la meditación? ¿Podemos utilizarla para mejorar nuestro bienestar personal? ¿Y para solucionar problemas de tipo clínico?

Generando estas preguntas es como nace el concepto de “Mindfulness”. Se ha cogido una forma de meditar y se la ha desligado del contexto filosófico-espiritual con el que suele ir para utilizar la meditación como una técnica más, del mismo modo que se emplearía por ejemplo la relajación. En este caso para el desarrollo de la conciencia plena.

Así se ha visto que el Mindfulness podría ser útil para mejorar el bienestar de personas sin alteraciones importantes (dentro de lo que se podría llamar el desarrollo de la inteligencia emocional) y también parece de utilidad para ayudar en algunos trastornos clínicos. No es extraño pues que hayan aparecido terapias basadas en la conciencia plena u otras que incorporan el Mindfulness (como la ACT). Sin embargo, se requiere más investigación y con mejores controles para comprobar los efectos de esta práctica milenaria en nuestro bienestar.

¿Pero, qué es eso del Mindfulness exactamente? Si compráis un libro sobre el tema, viendo los ejercicios que allí aparecen y lo que se explica, es posible que no os quede nada claro de que se trata. A mí me pasó que cuando empecé a buscar información, muchos de los manuales que encontraba me dejaban igual que estaba.

De forma muy resumida, el mindfulness consiste en aprender a prestar más atención al momento presente y menos a nuestro pasado o a la planificación de nuestro futuro. Consiste también en observarnos a nosotros mismos para entender cómo funciona nuestra mente y en cultivar ciertas actitudes fundamentales, como la compasión o el no juzgar la realidad.

En parte se basa también en resetear nuestro aprendizaje, en centrarnos en lo que son las cosas en lugar de juzgarlas. En una observación consciente de nosotros mismos. Para una explicación algo más detallada podéis entrar aquí y hacer una lectura rápida.

A nivel teórico parece ser que la contemplación podría funcionar porque incorpora prácticas que recuerdan a otros procedimientos, como la exposición a nuestras emociones (como en el tratamiento de las fobias por ejemplo), la aceptación de las mismas o la autoobservación entre otras.

Recientemente he escrito una guía con la que intento explicar qué es el Mindfulness, donde además propongo algunos ejercicios interesantes para hacer por uno mismo. Creo que en muy pocas páginas se puede llegar a entender usando este manual lo que es la práctica de la conciencia plena. Para conseguirlo, me valgo de pequeñas experiencias divertidas que sirven para mostrar la base teórica de la técnica. Se me puede acusar seguramente de simplificar mucho y de dejarme matices importantes pero para una primera aproximación es la guía que a mí me hubiera gustado encontrarme, ya que creo que permite entenderlo con bastante claridad. La podéis descargar gratis en esta dirección.

Usando esas mismas experiencias divertidas, he escrito también una guía para la gestión de la ansiedad y otra sobre la autoestima.

Una cosa de la que me he dado cuenta es de que con demostraciones de pequeñas partes de la teoría básica a través de juegos divertidos, se pueden llegar a explicar con claridad diferentes procedimientos complejos, simplemente juntando las piezas.

Tanto si os gusta como si os disgusta, agradeceré mucho un feedback en forma de comentario si llegáis a leerlo. Si alguien quiere usar lo que he escrito como material complementario en un taller o con otro objetivo no comercial, tiene mi consentimiento. Se pueden usar de forma gratuita. Espero que os gusten…

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Así luchamos contra la procrastinación

Seguro que la siguiente situación suena familiar para la mayoría de los lectores. Un día, un estudiante llega a la universidad y le dicen que para dentro de un mes tendrá que escribir un informe de unas pocas páginas. Observado el asunto de forma racional, en una semana ya daría tiempo de sobra para completar este trabajo, sin sacrificar otras actividades como acudir a clase, hacer las tareas domésticas y dedicar tiempo al ocio. Así que un mes es un plazo más que generoso. Es sólo cuestión de organizarse, ¿no?

Pues no, no es tan fácil. Cuando nos marcan plazos más o menos amplios, como el de este ejemplo, se pavimenta ese seductor camino que lleva a abandonarse a la procrastinación y que todos transitamos de vez en cuando. O dicho de otra forma, por un motivo u otro acabamos haciendo el vago un poco, aunque sea de manera inofensiva, y dejando pasar el tiempo. El personaje de nuestro ejemplo seguramente pisoteará en el barro ese refrán que dice “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Con suerte, el informe estará terminado los tres días anteriores a la fecha de entrega, hecho a todo correr y aún le quedará en la boca la amarga sensación de que ha tirado casi un mes a la basura, en vez de haberlo dedicado a algo útil. Con lo fácil que habría sido ser precavido y empezar a trabajar antes…

La moraleja de esta historia es que las personas, como todos los animales, tenemos problemas de autocontrol. Está demostrado que las recompensas inmediatas, como pasar un ratito vagueando en pijama en vez de adelantar trabajo, o como saltarse la dieta “sólo por esta vez”, son altamente atractivas. Sin embargo, los objetivos a largo plazo (en este caso, sacar una buena nota al final de curso, o tener mejor salud), aun cuando objetivamente sean más relevantes que esas pequeñas recompensas inmediatas, nos parecen tan lejanos que los dejamos a un lado. Esta cuestión se ha estudiado incluso en experimentos con animales (Rachlin y Green, 1972), y tiene implicaciones muy relevantes, por ejemplo, en el campo de las drogodependencias y las conductas impulsivas (e.g., Madden, Petry, Badger y Bickel, 1997).

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Fuente: Daniele Zanni

Pero he aquí que las personas somos conscientes de nuestra peligrosa preferencia por las recompensas inmediatas, e intentamos ponerle límites de distintas formas. Por lo general, esta lucha contra la tentación se traduce en la autoimposición de límites y restricciones. Por ejemplo, si quiero bajar unos kilos, dejaré de comprar bollería en el supermercado. A veces la restricción consiste en ponernos una fecha límite: qué distinta habría sido la historia de nuestro ejemplo si el personaje se hubiera propuesto seriamente acabar el informe los primeros 15 días. Ved que en estos casos la restricción se traduce en una decisión que se toma en el presente para evitar caer en las posibles tentaciones que podrían ocurrir en el futuro. Es decir: “ahora mismo no me apetece un donut de chocolate, pero si no los tengo en casa evitaré comerlos si en unas horas me apeteciera”. Otro ejemplo claro son los límites de gasto en las tarjetas prepago de los teléfonos móviles. Es un buen ejemplo de lo que quiero decir porque la autoimposición tiene lugar de manera estratégica, planificada.

En un par de experimentos famosos, los investigadores Dan Ariely y Klaus Wertenbroch (Ariely y Wertenbroch, 2002) se propusieron estudiar hasta qué punto la gente escoge libremente fijarse fechas límite para controlar su tendencia a perder el tiempo cuando tienen que realizar trabajos, si esos plazos autoimpuestos suponen algún sacrificio real o son un simple brindis al sol y, por último, cómo afectan estas decisiones a su rendimiento en dichas tareas (¿a mejor o a peor?).

En el primer estudio de este artículo, los autores utilizaron unas condiciones muy naturales puesto que los participantes eran estudiantes que, como en el ejemplo que abría el post, debían entregar una serie de trabajos durante el semestre. Sin embargo, me parece más interesante contar aquí el segundo experimento descrito en el artículo, que se realizó con una tarea más controlada y aporta información más concreta (no obstante, animo al lector a que consulte el artículo original, ¡es breve y divertido!).

Los investigadores pusieron un anuncio en el tablón de la facultad, buscando alumnos que se ofrecieran a revisar textos para detectar erratas y fallos gramaticales. La tarea consistiría en examinar tres textos de diez páginas cada uno. La recompensa ofrecida era de 10 centavos por error detectado, con una penalización de 1 dólar por cada día de retraso con respecto a la fecha límite de entrega.

En realidad, sin que los participantes conocieran este detalle, los textos que iban a ser revisados se habían generado mediante una herramienta informática como esta. Básicamente, eran textos gramaticalmente correctos pero intencionalmente oscuros y realmente sin ningún sentido. Después, los investigadores pusieron 100 errores gramaticales y tipográficos en cada artículo.

La manipulación experimental consistió en lo siguiente. Los participantes en el estudio fueron divididos en tres grupos. En el primer grupo, las fechas de entrega de los tres textos revisados se repartieron de manera uniforme: un texto cada siete días. En el segundo grupo, los tres textos debían ser entregados a la vez, en un plazo de tres semanas (21 días). Por último, en el tercer grupo, los participantes tuvieron libertad para fijarse sus propias fechas de entrega para cada texto, siempre que se cumplieran dos condiciones: primero, las fechas se decidían al aceptar el encargo y no podían cambiarse; y segundo, el plazo máximo para tener entregados los tres textos era de tres semanas. No había ningún tipo de recompensa por entregar un trabajo antes de la fecha prevista.

Como es evidente, en realidad los tres grupos tenían el mismo tiempo para revisar los tres textos, tres semanas en total. Lo interesante es examinar qué hicieron los participantes del tercer grupo, en el que podían fijarse sus propias fechas de entrega. En principio, habría tres posibles estrategias que estos participantes podrían utilizar. En esta situación, lo más racional para ellos habría sido escoger las tres fechas de entrega en el mismo día: al final del plazo máximo (21 días). De esta forma, dispondrían de mucho más tiempo para cada trabajo y evitarían las penalizaciones por posibles retrasos. Por otro lado, aunque este sería el comportamiento racional en cuanto a riesgos/beneficios, los participantes podrían ser conocedores de sus propios problemas de autocontrol y de su mayor o menor tendencia a procrastinar. Por eso, la capacidad de elegir fechas de entrega era una oportunidad de oro para autoimponerse plazos y obligarse a llevar el trabajo al día, como explicábamos al principio de este post, incluso aunque esto conlleve el peligro de retrasarse en alguna entrega y pagar la consiguiente penalización. Por supuesto, también podría darse una tercera opción: que los participantes escogieran entregar todos los trabajos al final (como sería racional), pero a la vez lucharan contra la tentadora procrastinación fijándose fechas límite de manera privada, sin comunicárselo a los investigadores. Esta tercera opción sería un buen equilibrio entre las otras dos: por un lado se dispondría del máximo tiempo para trabajar y se evitaría el peligro de retrasarse en una entrega, y por otro lado, la autoimposición de fechas límite prevendría el dejarlo todo para el último momento. El problema con esta tercera opción es que, al no implicar un compromiso salvo con uno mismo, la amenaza de incumplimiento puede no ser lo bastante disuasoria como para evitar “hacer trampas” y ceder a la tentación de relajar el ritmo de trabajo sin que haya consecuencias. ¿Qué decidieron hacer los participantes?

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Fuente: Phil Hilfiker

Los resultados del estudio indican que los participantes que tenían la oportunidad de escoger las fechas de entrega decidieron fijarlas de forma espaciada en el tiempo. Como disponían de tres semanas para entregar tres trabajos, tendieron a fijarse una semana de plazo para terminar cada trabajo, de forma parecida al primer grupo de participantes en el que fue el investigador quien fijó las fechas de entrega. En este sentido, los participantes con libertad de elección no escogieron la opción óptima en cuanto a beneficios/riesgos, e incluso desecharon la ocasión de marcarse fechas de entrega por su cuenta, y prefirieron aprovechar para imponerse límites significativos, con riesgo de penalización si se incumplen.

Cuando los investigadores midieron el rendimiento en la tarea, observaron que los participantes que detectaron un mayor número de errores en los textos fueron aquellos a los que se obligó a entregar sus trabajos de forma espaciada (cada semana), seguidos por los que tuvieron la oportunidad de elegir sus fechas de entrega (y escogieron mayoritariamente espaciarlas). Los que peor lo hicieron fueron los que tuvieron 21 días para entregar los trabajos a la vez. El mismo resultado se reprodujo con otras dos medidas de rendimiento: la cantidad de dinero conseguida y el número de penalizaciones por retraso. Llama la atención que el grupo que peor lo hizo en general (incluso con más retrasos en las entregas) fue precisamente aquel al que se le dio un plazo más largo, 21 días, para hacer los tres trabajos. Parece, pues, que esta estrategia aparentemente racional en términos objetivos no es la más exitosa en la práctica, por culpa de la tendencia de las personas a procrastinar y dejar a un lado las recompensas demoradas en el tiempo, en favor de las inminentes.

En resumen, los participantes en los estudios de Ariely y Wertenbroch (2002) demostraron cómo la gente es consciente de sus problemas de autocontrol y valora las oportunidades que se le dan para dividir el trabajo en plazos uniformes, imponiéndose libremente estas fechas de forma que son significativas y costosas (es decir, pasarse la fecha tenía consecuencias en forma de penalización). En cualquier caso, en términos de rendimiento, parece que lo mejor que puede hacer un profesor o coordinador de un equipo de trabajo es imponer fechas de entrega espaciadas en el tiempo y que impliquen penalizaciones en caso de que no se cumplan. Debería evitarse la práctica común de exigir la entrega de todos los trabajos del semestre el último día de clase. Aunque en apariencia es una forma de optimizar el rendimiento, en la práctica no funciona tan bien. La tentación de dejar todo el trabajo para el final es, por lo visto, demasiado irresistible.

Referencias:

Fuentes de las imágenes: Daniele Zanni y Phil Hilfiker (licencia CC-BY-NC-SA)

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La ilusión de Control: ¿Mecanismo de protección motivacional o sesgo cognitivo?

Artículo escrito por Ion Yarritu, Doctor en Psicología.

La ilusión de control es un fenómeno clásico investigado por psicólogos experimentales que se refiere a la tendencia que tenemos las personas a creer que ejercemos el control sobre sucesos deseables, pese a que éstos sean, en realidad, del todo incontrolables. Este fenómeno explicaría cómo, ante eventos aleatorios, las personas nos responsabilizamos de aquellos que son positivos mientras que atribuimos a causas externas los que son negativos. Un ejemplo de ilusión de control lo encontraríamos en la tendencia a atribuir las ganancias del juego (por ejemplo, las de una máquina tragaperras) a la propia habilidad al tiempo que culpamos a la mala suerte por las pérdidas.

Tradicionalmente el fenómeno de ilusión de control se ha abordado desde una aproximación motivacional relacionándolo con la imperante necesidad del ser humano por controlar el medio que le rodea. La percepción de control personal es un pilar importante de nuestra autoestima, tanto, que la pérdida de control a menudo se experimenta amargamente hasta el punto de producir síntomas depresivos. Por este motivo, no es de extrañar que los seres humanos, en nuestro intento por mantener el control sobre nuestras propias vidas, lleguemos a ser capaces de distorsionar la realidad haciéndola más amable ante nuestros ojos.

No obstante, en el Laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Deusto hemos llevado a cabo una investigación cuyos resultados sugieren una explicación alternativa a este fenómeno. Tal y como planteamos en el estudio publicado en la revista Experimental Psychology, la ilusión de control podría tratarse de un caso particular de sesgo o ilusión cognitiva dentro de la familia de las ilusiones causales. Las ilusiones causales, como su propio nombre indica, son creencias ilusorias acerca de relaciones causa-efecto. En el caso particular de la ilusión de control la “supuesta” causa sería la acción que realiza la persona con la intención de que ocurra el efecto. La persona desarrolla la ilusión de control porque cree que su conducta causa la aparición del efecto. Las ilusiones causales se producen sistemáticamente bajo ciertas circunstancias relacionadas con la forma en la que las personas interpretamos la información que se refiere a la ocurrencia de los eventos causa potencial y resultado. El ser humano, al igual que otros animales, ha desarrollado sistemas cognitivos especializados en extraer conocimiento de las relaciones entre eventos del entorno. Este conocimiento es vital en tanto que permite predecir y controlar los eventos con significado adaptativo. Los procesos cognitivos implicados en la extracción de este conocimiento tienen una especial sensibilidad a la información derivada de las situaciones en las cuales dos eventos coinciden (por ejemplo, una acción y el efecto deseado). Damos mayor importancia a las coincidencias porque éstas, por norma general, suelen indicar que existe una relación. Sin embargo, estas coincidencias pueden ser fruto de la casualidad. Por ejemplo, pueden deberse, tan sólo, a que tanto la causa potencial como el efecto ocurren con mucha frecuencia y, por este motivo, es habitual que los dos coincidan en el tiempo. Es en estas circunstancias en las cuales se desarrolla la ilusión causal.

En el caso particular de la ilusión de control es la persona que desarrolla la ilusión la que establece por medio de su conducta cuan frecuentemente ocurre la causa potencial. De este modo, una persona que actúe repetidamente en un intento por controlar un evento incontrolable de relativa frecuencia, facilita, por medio de su constancia, que se den coincidencias temporales que le lleven a desarrollar la ilusión. En este caso, sería nuestra predisposición a ver una relación causal donde sólo hay coincidencias y no nuestra necesidad por controlar el evento deseado lo que produciría la ilusión de control.

En dos experimentos pusimos a prueba las dos aproximaciones explicativas (la motivacional y la cognitiva) manipulando ortogonalmente dos factores en una situación en la cual la relación entre la causa potencial y el efecto era siempre nula. El primero de los factores, la implicación activa, está relacionado con la explicación motivacional. La implicación activa se refiere a que la persona sea agente directo (que sea su conducta la causa potencial) por contrapunto a que sea mero observador (que la causa potencial sea un evento externo a la persona). Según la explicación tradicional para que se desarrolle una ilusión de control la persona debe implicarse mediante sus acciones en la consecución del evento deseado. Si la persona no es agente directo la ausencia de relación entre la causa potencial y el efecto no se percibe como una amenaza (no se produce el sentimiento de pérdida de control) y, por lo tanto, no debería desarrollarse la ilusión. Sin embargo, si entendemos la ilusión de control como un caso particular de ilusión causal, el hecho de que la causa potencial sea la conducta de la persona o un evento ajeno a la misma es indiferente, la ilusión se desarrollará siempre que la causa potencial y el efecto coincidan frecuentemente. Manipulamos la implicación activa mediante un procedimiento denominado actor-observador (ver Figura 1a). Este procedimiento implica dos participantes emparejados, el actor y el observador. El actor realiza activamente la tarea experimental (su conducta actúa como causa potencial) en un ordenador, mientras que el observador presencia, como espectador pasivo, la ejecución de su compañero (en este caso mediante una pantalla de ordenador que muestra una imagen clonada de la pantalla del participante emparejado; ver Figura 1b). Al final del experimento se pide a los dos participantes que juzguen la relación entre la acción del participante activo y la aparición del efecto.

Figura 1. Procedimiento actor-observador utilizado en los experimentos del estudio. a) Los participantes que ejercen el rol de actor tienen una implicación activa en la tarea experimental, mientras que los que ejercen el rol de observador son meros espectadores de la ejecución de su compañero. b) En la fotografía puede verse las cabinas experimentales utilizadas para este estudio. A la derecha, la cabina identificada como “Participante A”, era la cabina del participante con el rol de actor. Esta cabina incluía una pantalla de ordenador y un ratón. A la izquierda, la cabina identificada como “Participante B”, era la cabina del participante con el rol de observador. Esta cabina incluía, tan sólo, una pantalla con la imagen clonada de la pantalla contigua.

Figura 1. Procedimiento actor-observador utilizado en los experimentos del estudio. a) Los participantes que ejercen el rol de actor tienen una implicación activa en la tarea experimental, mientras que los que ejercen el rol de observador son meros espectadores de la ejecución de su compañero. b) En la fotografía puede verse las cabinas experimentales utilizadas para este estudio. A la derecha, la cabina identificada como “Participante A”, era la cabina del participante con el rol de actor. Esta cabina incluía una pantalla de ordenador y un ratón. A la izquierda, la cabina identificada como “Participante B”, era la cabina del participante con el rol de observador. Esta cabina incluía, tan sólo, una pantalla con la imagen clonada de la pantalla contigua.

El segundo factor, relacionado con la explicación cognitiva, se refiere a la frecuencia con la que ocurre la causa potencial. Como ya se ha señalado, cuanto mayor es la frecuencia con la que ocurre la causa potencial (ya sea ésta la propia acción de la persona o un evento ambiental) más fácil será que esta causa potencial y el efecto coincidan en el tiempo. A su vez, cuanto mayor es el número de estas coincidencias mayor será el grado de ilusión que desarrolla la persona. Manipulamos este factor mostrando a los participantes dos informaciones distintas, para la mitad de ellos la probabilidad con la que se presentaba la causa potencial era alta mientras que para la otra mitad esta probabilidad era baja. De este modo, contamos con cuatro grupos: dos grupos de participantes eran actores y los otros dos observadores y a su vez (de manera ortogonal) para dos de los grupos la probabilidad de la causa potencial era alta y para los otros dos era baja.
Los resultados muestran que cuando la frecuencia con la que ocurre la causa potencial es alta los participantes desarrollan mayor ilusión, independientemente de si son agentes activos o meros espectadores. Este último factor (implicación personal) no muestra diferencias en el grado de ilusión. Estos resultados apoyan la explicación cognitiva acerca del origen de la ilusión de control sugerida por nuestra parte y abren la puerta a nuevas reinterpretaciones de los resultados de estudios previos acerca de este fenómeno.

Referencias
Yarritu, I., Matute, H., & Vadillo, M. A. (2014). Illusion of control: The role of personal involvement. Experimental Psychology, 61, 38-47.

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El efecto placebo del sueño

Los medicamentos son más eficaces si vienen en píldoras rojas que si vienen en píldoras blancas. Las inyecciones funcionan aún mejor que las pastillas. También son más efectivas las medicinas caras y las que tienen una marca conocida frente a sus equivalentes genéricos. Si el hombre viviera sólo de pan, ninguna de estas cosas debería influir en nuestra salud. Pero el ser humano es una máquina compleja, con muchos botones y un manual de instrucciones voluminoso. A veces las expectativas y la imaginación cuentan tanto como la química. El impacto del efecto placebo no termina en el ámbito de la medicina. Basta con recordar a los trabajadores de un negocio que su actividad diaria tiene efectos positivos sobre la salud para que a lo largo del mes siguiente se reduzcan su índice de masa corporal o la presión arterial. Incluso el rendimiento de una persona en el gimnasio aumenta si le damos una bebida isotónica que no tiene más propiedades que un precio elevado.

Fotografía de Moyan Brenn

Si alguna vez te has sentido más enérgico de lo normal después de haber disfrutado de un sueño reparador, tal vez también en este caso te estés beneficiando del efecto placebo sin saberlo. Según un estudio que acaban  de publicar Christina Draganich y Kristi Erdal, nuestro rendimiento cognitivo se ve alterado en función de cómo de bien creemos que hemos dormido la noche anterior. A los participantes de estos experimentos se les hacía pensar que se estaba poniendo a prueba una nueva técnica para medir la calidad del sueño. Según se les decía, analizando su actividad electroencefalográfica con un nuevo algoritmo era posible saber si la noche anterior habían dormido bien o mal. Los participantes pasaban por la máquina, permanecían un rato conectados viendo sus propias ondas cerebrales y al terminar ese ejercicio se les decía que según indicaba la máquina esa noche habían pasado más tiempo de lo normal en la fase REM mientras dormían. Se les sugería así que su sueño había sido más profundo de lo normal. Por supuesto, la máquina en realidad no medía nada y la información que se les estaba dando sobre la calidad de su sueño era completamente falsa.

A continuación los participantes tenían que hacer varias pruebas psicotécnicas. Como te podrás imaginar a estas alturas, los participantes a los que se les había dicho que habían dormido bien hacían estas pruebas mucho mejor que los participantes a los que se les había sugerido que habían dormido peor de lo normal. Lo más interesante es que este rendimiento extra se observaba sólo para las capacidades psicológicas que se sabe que están influidas por la calidad del sueño. Experimentos previos muestran que las capacidades aritméticas, la fluidez verbal y la velocidad de procesamiento visomotor suelen verse afectadas por la pérdida de sueño. Todas estas capacidades se vieron alteradas por el efecto placebo. Sin embargo, no mejoraron en absoluto las puntuaciones en un test de memoria a corto plazo cuyos resultados se sabe que son independientes de la calidad del sueño. En definitiva, bastó con alimentar la imaginación de los participantes durante unos segundos para hacer que se comportaran exactamente como si de verdad hubieran dormido mejor o peor de lo normal.

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Draganich, C., & Erdal, K. (en prensa). Placebo sleep affects cognitive functioning. Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition. doi: 10.1037/a0035546

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Nicotina: una adicción contextual

Artículo escrito por Héctor García, estudiante de Psicología.

El contexto es un factor de gran importancia en cualquier relación de condicionamiento. Generalmente actúa como un facilitador del proceso, una vez que el condicionamiento se da bajo unas determinadas circunstancias, éstas se convierten en unas indicaciones que hacen intuir al sujeto que la relación que ha aprendido se ha de repetir. Viendo el ejemplo típico de condicionamiento palanca-comida, una vez que el animal aprende que apretando la palanca va a recibir comida, efectúa cada vez más rápido esta conducta. Sin embargo, si se le pasa a otra jaula diferente para que repita la conducta, es posible que al comienzo le cueste más tiempo apretar la palanca al ritmo al que lo hacía antes porque no está completamente seguro de que lo que ha visto se vaya a repetir.

Otro ejemplo de la importancia del contexto es el fenómeno de “renovación”. La secuencia es bien simple. Un fumador habitual consigue dejar de fumar, pasa cierto tiempo y recibe una invitación para una boda. En su día a día no siente la necesidad de fumar, pero una vez que llega allí no puede evitarlo; ese contexto es capaz de hacer reaparecer un comportamiento que ya había sido extinguido.

Todo esto apunta a que extinguir una conducta por completo es relativamente difícil ya que el contexto puede ayudar a recuperarla. En el caso de la nicotina es aún peor. Numerosos estudios hablan de cómo afecta la nicotina a la conducta de fumar y al contexto, así como a la forma en que ambos factores se relacionan. En términos de condicionamiento, estaríamos hablando del contexto como un estímulo discriminativo, como un estímulo que señala que si se emite una conducta se puede conseguir una recompensa o un reforzador. De esta forma, el contexto evocaría la conducta de fumar; y el reforzador sería la sensación de bienestar o la reducción de la ansiedad provocada por el tabaco en los fumadores habituales.

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Según algunos estudios (Gilbert et al. 2008) la nicotina aumenta la saliencia de los estímulos contextuales, es decir, que hace que estos estímulos tengan una mayor capacidad de captar la atención de la persona. Además, los ambientes naturales parecen ser más proclives a este efecto ya que cuentan con una mayor complejidad en comparación con los ambientes de laboratorio.

Además, se ha comprobado que la nicotina mejora  las conexiones hipocampales (el hipocampo es el área cerebral que más se relaciona con la memoria) que se crean durante el aprendizaje contextual, fortaleciendo la imagen del contexto y por consiguiente su efecto. Este hecho, unido al descrito en el párrafo anterior, ayuda a explicar la fuerte asociación que se tiene con fumar en determinados lugares. A efectos prácticos, esta asociación hace que aunque se haya conseguido extinguir la conducta de fumar, la exposición al contexto la pueda hacer reaparecer con más facilidad.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la nicotina no actúa sólo sobre el contexto, también influye sobre el reforzador. Esta droga cuenta con un efecto biológico que favorece la mencionada sensación de bienestar, pero este es un tema complejo. No debemos creer que la dependencia de la nicotina se reduzca tan sólo de los efectos biológicos que nos produce en el cuerpo. Howard y Chase (2012) sugiere que la adicción a la nicotina viene de sobrevalorar la droga como consecuencia de una predisposición favorable respecto a la misma. En otras palabras, la sobrevaloración de la nicotina es un factor importante a la hora de desarrollar una adicción a esta droga, y para sobrevalorarla hace falta que la persona ya crea de antemano que la nicotina le va a producir beneficios. Esto suena a cierto concepto que comentó mi compañero Ángel, el sesgo de confirmación…

La nicotina entonces supone un arma de doble filo: actúa sobre el reforzador y fortalece la imagen del contexto llegando a un nivel neuronal.  Por tanto, la droga no sólo produce unos efectos biológicos que favorecen la relajación; sino que da una fuerza importante al contexto como señal de la presencia de esa relajación si se produce la conducta de fumar, por lo que la conducta queda estrechamente relacionada con el contexto. Por mucho que hayas dejado de fumar, ir a una boda seguirá siendo una marca que te recuerda que fumar te relaja.

Esto también explica por qué es tan difícil dejar de fumar en los sitios en los que lo haces con más frecuencia, ya que para cuando quieres dejarlo el cerebro ya ha creado unas conexiones neuronales muy fuertes que sostienen la asociación y lo conductual se mezcla irremediablemente con lo biológico. De hecho, Howard y Chase (2012) argumenta que los problemas de extinción de conducta la conducta de fumar aparecen en etapas más avanzadas de exposición a la droga. No sólo coges la costumbre de fumar en el bar, sino que la nicotina produce cambios en el cerebro que hacen que el bar tenga un mayor significado para ti; lo que unido a los efectos biológicos de la nicotina dificulta, y en gran medida, que puedas dejar de fumar en el bar.

Sin embargo, también hay que tener en cuenta la influencia de otras variables, tales como diferencias individuales, exposiciones previas al contexto o incluso otros componentes del tabaco y el efecto que provocan; pero es innegable que la adicción a la nicotina no se debe tan sólo al efecto que la droga te produce en el cuerpo. En el ámbito terapéutico la influencia del contexto y de la percepción de la persona no supone ninguna novedad, pero quizá no se tenga tan en cuenta “de puertas para afuera”. Mucha gente puede intentar dejar de fumar por su cuenta, no conseguirlo y atribuirlo a que no es capaz de dejarlo; cuando realmente lo que pasa es que la situación es mucho más compleja y requiere otro tipo de enfoque. Para una extinción efectiva haya que tener más en cuenta el contexto, haciendo una extinción más generalizable. Una buena solución podría ser extinguir la conducta en varios contextos, que, como ya se ha comentado en este blog, es un tratamiento que se ha probado con éxito.

Referencias:

Fuente de la imagen: Usuario RealWorkHard en Pixabay

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