De padres gatos, hijos michinos: La heredabilidad de la inteligencia

Si a uno le interesa mínimamente la investigación sobre la inteligencia y se encuentra con un artículo firmado por Nisbett, Aronson, Blair, Dickens, Flynn, Halpern y Turkheimer, no le queda más remedio que leérselo inmediatamente. La revisión sobre inteligencia que acaba de publicarse en el American Psychologist es un documento de más de 20 páginas, a doble columna y con letra minúscula en la que se abordan las más variadas cuestiones. La definición y componentes de la inteligencia, sus determinantes genéticos y ambientales, el impacto que sobre ella pueden tener diversos tipos de intervención y el famoso efecto Flynn son algunos de los asuntos más destacados.

Uno de los temas (siempre polémico) que toca el artículo de Nisbett y colaboradores es el de la heredabilidad de la inteligencia. ¿Qué influye más en la inteligencia de alguien? ¿La educación? ¿La cultura? ¿Las experiencias infantiles? ¿O el simple “patrimonio” genético? Pues bien, la respuesta que arrojan varios estudios es que depende. Sí, depende, y de una forma retorcida: la inteligencia es heredable, pero su grado de heredabilidad depende del entorno y viceversa.

Para entender bien esta conclusión es necesario saber antes qué significa que la inteligencia sea más o menos heredable. A los científicos les encantaría saber hasta qué punto influyen este o aquel gen en la inteligencia, pero esto es casi imposible de saber por muchas razones. Primero, porque el asunto es complejo; probablemente haya muchos genes involucrados y seguramente interactúan unos con otros a la hora de ejercer su impacto en la inteligencia. Pero un segundo problema, más importante, es que para saber cómo influye una cosa en otra necesitamos hacer un experimento y en el caso de los genes y la inteligencia esto es sencillamente imposible.

No podemos probar a quitarle o ponerle un gen a una persona y ver cómo cambia su inteligencia. Así que lo que los científicos hacen es dar un rodeo (más o menos arriesgado). En lugar de hacer un experimento, realizan lo que se llama un estudio correlacional. Para ello, se miden las diferencias genéticas entre unas personas y otras, y se miden las diferencias de inteligencia dentro de esa misma muestra. Utilizando los análisis adecuados podemos saber si ambos factores están relacionados estadísticamente. En el caso de los estudios sobre heredabilidad, la cuestión es metodológicamente un poco más compleja, ya que no es fácil medir variaciones relativas de los genes y del entorno. Se suele recurrir al estudio de hermanos gemelos (personas con genoma similar pero criados en ambientes variables) o niños adoptados (personas con genomas variables pero criados en ambientes similares) para así buscar correlaciones mientras la influencia ambiental o de los genes quedan parcialmente controladas. Sin embargo, nada de esto afecta al hecho de que se trata de un estudio correlacional. La inteligencia se considera más o menos heredable en función de qué parte de la variación de inteligencia que observamos en la población puede predecirse conociendo variaciones en la dotación genética. Por ejemplo, si la inteligencia tuviese un componente principalmente genético, esperaríamos que cuanto más parecidos fueran los genotipos de dos personas, más similares serían sus niveles de inteligencia.

Pero, claro, esto nos da una medida muy pobre de cómo influyen los genes. Imagina por ejemplo que existe un gen X que es fundamental para la inteligencia pero que no varía dentro de la población. Es decir, todas las personas tienen exactamente la misma copia del gen. En un estudio correlacional parecería que ese gen no contribuye a la inteligencia: como se mantiene constante, no puede estar relacionado con variaciones en la inteligencia. Pero eso no querría decir que ese gen no importe: si se lo quitáramos a alguien, su inteligencia se reduciría. Y al contrario: puede existir un factor ambiental que sea muy importante para la inteligencia pero que sea común en todas, o casi todas, las personas y que por eso no parezca asociado con la inteligencia en un estudio meramente correlacional.

Así que lo que nos dicen las medidas de heredabilidad no es cuánto influyen los genes, sino cómo se relacionan estadísticamente las diferencias de inteligencia con las diferencias genéticas, y no hay ninguna razón para pensar que ese parámetro estadístico no pueda cambiar de una población a otra. Que la inteligencia parezca más o menos heredable, depende de cuánto varíen los genes dentro de una población, de cuánto varíe el entorno y de cuál sea el impacto causal real (y no la simple correlación con la inteligencia) que tienen esos factores.

Volviendo al estudio de Nisbett y sus colaboradores, ellos concluyen que la heredabilidad de la inteligencia depende del entorno. En concreto, lo que observan es que la heredabilidad de la inteligencia es mayor en las personas de mayor estatus socioeconómico. Esto puede sonar raro, pero se entiende fácilmente si uno ve a la dotación genética como el factor que determina el potencial máximo de inteligencia y al entorno como el factor que determina cuánto de ese potencial se aprovecha. En entornos pobres, nadie llega a alcanzar su pleno potencial (genético) debido a las circunstancias sociales, y al final son las pequeñas variaciones en el ambiente las que explican la mayor parte de las diferencias en inteligencia. Sin embargo, en entornos más ricos, la mayor parte de las personas llegaría a su máximo potencial y éste estaría fuertemente determinado por los genes.

Este mecanismo se parecería un poco a cómo los genes y la alimentación explican las diferencias de altura. En familias con pocos recursos y mala alimentación, todos quedan por debajo de su altura potencial. Poder comer un poco más o un poco menos (y no la dotación genética) es lo explica que algunas de esas personas sean más altas que otras. Pero en familias con más dinero y alimentación de calidad, las personas crecen hasta llegar a su máximo potencial. Llegarán a ser más altas o más bajas en función de lo que permitan sus genes.

Referencias

Nisbett, R. E., Aronson, J., Blair, C., Dickens, W., Flynn, J., Halpern, D. F., & Turkheimer, E. (2012). Intelligence: New findings and theoretical developments. American Psychologist, 67, 130-159. doi: 10.1037/a0026699

Anuncios

Acerca de Miguel A. Vadillo

Profesor en el Dpto. de Salud Pública y Atención Primaria de King's College London e investigador en el Dpto. de Psicología Experimental del University College London. Visita su web en mvadillo.com
Esta entrada fue publicada en Artículos. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a De padres gatos, hijos michinos: La heredabilidad de la inteligencia

  1. Pingback: De padres gatos « de mente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s