¿Son las personas con enfermedad mental más violentas?

(Artículo escrito por Lourdes Cobián Fernández, estudiante de psicología, Universidad de Deusto, Bilbao)

Generalmente, se asocia la violencia a la enfermedad mental. Esta asociación va más allá de los pensamientos individuales y genera una cultura colectiva de rechazo y discriminación hacia las personas con enfermedad mental. En otras palabras, es posible que se haya creado un estigma en torno a esta cuestión.

López, Laviana y López (2009) definen el “estigma” como un proceso social de carácter universal, que se encuentra dentro de los mecanismos de cognición social y que es particularmente difícil de cambiar. Este concepto se divide en tres dimensiones: la cognitiva (estereotipo), la emocional (prejuicio) y la conductual (propensión a la discriminación).

Es cierto que hay diferencias en función del tipo de problemas mentales. La discriminación hacia la enfermedad mental suele enfocarse hacia trastornos psicóticos, o hacia los trastornos mentales más graves, ya que no siempre resultan tan cercanos o fáciles de entender como otros trastornos, como por ejemplo la ansiedad. Como adelantábamos previamente, uno de los reforzadores que más negativamente influye en los estereotipos sobre el colectivo de las personas con enfermedad mental son los episodios de violencia (Corrigan, Markowitz y Watson, 2004). Hoy en día, los distintos medios de comunicación ejercen una impresionante influencia sobre la visión de este colectivo. Gran parte de las noticias sobre ellos están relacionadas con la violencia o con la perpetración de algún acto violento (Shain y Phillips, 1991; Wahl, Wood y Richards, 2002). Además, la visión de la enfermedad mental grave que se da en películas de gran popularidad como La Matanza de Texas o El Caballero Oscuro, lo único que consigue es reforzar la estigmatización, la distancia social y emocional y las creencias erróneas de la población general hacia las personas con enfermedad mental.

Ahora bien, ¿qué hay de real en la asociación entre violencia y enfermedades mentales? Los datos muestran que no se puede generalizar la atribución de conductas violentas a este colectivo (López et al. 2008; Stuart, 2003), ya que el porcentaje de personas con enfermedad mental que comete actos delictivos de gravedad no sobrepasaría el 10% del total (López et al., 2009). Uno de los problemas principales reside en que las variables que presentan riesgo de conductas delictivas, como son el sexo masculino, el consumo de tóxicos, residir en barrios marginales o ser de edad joven, se asocian a las personas con enfermedad mental.

Por añadidura, en el caso de este colectivo, la violencia que predomina es la que ejercen sobre ellos mismos, encontrando prevalencias del 10% de suicidios llevados a cabo y entre el 20% y el 40% de lesiones e intentos de suicido sólo en personas con esquizofrenia, uno de los trastornos más estigmatizados (López et al., 2009).
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A la luz de la evidencia científica, merece la pena plantearse si las personas con enfermedad mental son realmente violentas y suponen algún tipo de peligro o, si por el contrario, las actitudes de discriminación de la población general son realmente la única forma de violencia existente en torno a esta cuestión.

Referencias

Corrigan, P. W., Markowitz, F. E., y Watson, A. C. (2004). Structural levels of mental illness stigma and discrimination. Schizophrenia bulletin30(3), 481-491.

López, M., Laviana, M., Fernández, L., López, A., Rodríguez, A. M., y Aparicio, A. (2008). La lucha contra el estigma y la discriminación en salud mental: Una estrategia compleja basada en la información disponible. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría28(1), 48-83.

López, M., Laviana, M., y López, A. (2009). Estigma social, violencia y personas con trastornos mentales graves. Márkez, I., Fernández, A. y Pérez-Sales, P. (Eds.) Violencia y Salud Mental. Salud mental y violencia institucional, estructural, social y colectiva, 187-207. Madrid: AEN.

Shain, R. E., y Phillips, J. (1991). The stigma of mental illness: Labeling and stereotyping in the news. Risky business: Communicating issues of science, risk, and public policy, 61-74.

Stuart, H. (2003). Violence and mental illness: an overview. World Psychiatry,2(2), 121-124.

Wahl, O. E., Wood, A., y Richards, R. (2002). Newspaper coverage of mental illness: is it changing?. Psychiatric Rehabilitation Skills6(1), 9-31.

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Tratamientos farmacológicos de la depresión

La depresión es uno de los trastornos mentales más frecuentemente diagnosticados, al menos en occidente. De hecho, seguro que muchos conocéis a alguien que la sufre y que está tomando algún tipo de tratamiento farmacológico para combatirla. El objetivo de este post es explicar cómo funcionan a nivel general algunos de estos tratamientos farmacológicos y, de paso, mostrar cuán complejo puede ser el cerebro y su funcionamiento.

Voy a suponer que el lector no conoce las bases del funcionamiento cerebral, así que empezaré prácticamente desde cero (perdónenme los duchos en la materia).

Nuestro cerebro está formado, entre otras cosas, por unas células llamadas neuronas. Las neuronas se unen entre sí formando circuitos neuronales, conjuntos de neuronas conectadas que se distribuyen por todo el sistema nervioso. No tiene que ver con la depresión, pero quiero aprovechar para mencionar que fue un español, Santiago Ramón y Cajal, quien descubrió estas células y quien propuso la idea de que nuestro tejido cerebral estaba formado por neuronas, hecho por el que le concedieron el Nobel. Os dejo aquí un dibujo que hizo el propio Ramón y Cajal de una neurona.

Bueno, como iba diciendo, las neuronas se conectan para formar circuitos neuronales. A través de estos circuitos corren pequeños impulsos eléctricos (el nombre técnico es potencial de acción). Lo curioso del caso es que en realidad las neuronas no están en contacto unas con otras como pueden estar los distintos componentes de un circuito eléctrico, como por ejemplo el de nuestra casa. Al contrario, entre cada neurona hay un diminuto espacio llamado espacio inter-sináptico. Y ahora os estaréis preguntando “¡¿cómo va a circular la corriente eléctrica entre dos neuronas si no están en contacto?! ¡¡si yo corto un cable de cobre y separo las dos partes, la corriente eléctrica no circulará por él!!”. ¡Ajá, buena observación! Efectivamente cuando el potencial de acción llega al final de la neurona, este se detiene, pues no encuentra soporte para seguir circulando. Sin embargo, el impulso eléctrico genera una serie de procesos físico-químicos en el terminal de la neurona pre-sináptica (la que hay antes del espacio intersináptico) que hace que el impulso pueda seguir su camino en la neurona post-sináptica (la que hay después del espacio inter-sináptico). Fundamentalmente lo que genera el potencial de acción es la liberación de unas sustancias en la neurona pre-sináptica llamadas neurotransmisores que cuando llegan a la neurona post-sináptica causan un nuevo impulso eléctrico. Queda todo mucho más claro con el dibujo de abajo.

Bien, comentaba que los neurotransmisores pueden causar un potencial de acción en la neurona post-sináptica, pero lo cierto es que esto es solo uno de los posibles efectos que pueden provocar. También pueden tener efectos inhibitorios (impedir que la neurona transmita potenciales de acción) u ordenar la síntesis de determinadas proteínas, entre otros. Esto depende sobre todo del tipo de neurotransmisor generado y hoy no nos meteremos ahí.

Por este motivo entendemos que los distintos neurotransmisores son las sustancias que utilizan las neuronas para comunicarse entre ellas y, como podréis suponer, un exceso o un déficit de algún tipo de neurotransmisor pueden ocasionar problemas importantes en el funcionamiento del cerebro. Pues esto es precisamente lo que durante años se ha pensado que ocurre en la depresión, que existe un déficit de un tipo concreto de neurotransmisores, las monoaminas, entre las que se encuentran la dopamina, la serotonina o la noradrenalina.

Desafortunadamente, por ahora no podemos administrar directamente fármacos que contengan monoaminas, que será lo que estéis pensando todos. Entre otros problemas, las monoaminas administradas, por ejemplo oralmente, no llegarían al cerebro ya que no pueden atravesar la barrera hematoencefálica (una especie de “bolsa” que recubre el encéfalo e impide la entrada a la mayoría de sustancias). Si no podemos administrar monoaminas desde el exterior, algo que podemos hacer es potenciar el efecto de las (pocas) monoaminas endógenas, esto es, las que se generan de forma natural. Y aquí es donde entramos en materia, ¿cómo potenciamos el efecto de las monoaminas en cerebros de pacientes con depresión?

Se han utilizado distintos fármacos para esto:

– Inhibidores de la monoaminoxidasa (IMAOs): Estos antidepresivos actúan sobre unas enzimas presentes en el cerebro. Las enzimas son proteínas encargadas de metabolizar (destruir o descomponer) distintas sustancias. Su función biológica es muy importante ya que el organismo no puede eliminar algunas sustancias tal y como están presentes en el organismo. Para eliminarlas es necesario que primero se metabolicen, y entonces ya sí, el organismo puede eliminar el producto resultante de esta metabolización, los metabolitos. Pues existe una enzima, la monoaminooxidasa, o MAO, que está presente en el espacio inter-sináptico y que se encarga de la metabolización (descomposición) de las monoaminas. Algunos fármacos inhiben la acción esta enzima, por lo que dejan de metabolizar monoaminas, haciendo que estén presentes durante más tiempo en la sinapsis y que finalmente se potencie su efecto en la neurona post-sináptica.

A este tipo de fármacos pertenece la Iproniazida, el primer antidepresivo, comercializado en 1957 y creado originalmente para tratar la tuberculosis. Como otras muchas veces a lo largo de la historia, su descubrimiento fue puramente casual: como tratamiento contra la tuberculosis no era muy bueno, pero los pacientes tuberculosos y depresivos que la tomaban mejoraban de los síntomas de la depresión. ¿Qué te parece?

– Antidepresivos tricíclicos: En las neuronas pre-sinápticas existen unas estructuras encargadas de reabsorber el neurotransmisor del espacio inter-sináptico. La función de estas bombas de recaptación, que es como se llaman técnicamente, es limitar el tiempo de acción del neurotransmisor eliminándolo del espacio intersináptico, e iniciar un proceso por el que ese neurotransmisor vuelve al interior de la neurona pre-sináptica para ser utilizado más adelante, vamos, un proceso de reciclaje en toda regla. Bien, pues como ya os estaréis imaginando los antidepresivos tricíclicos se encargan de inhibir precisamente las bombas de recaptación de las monoaminas, más concretamente las bombas de la serotonina y de la noradrenalina, haciendo que estas estén presentes durante más tiempo en el espacio inter-sináptico y, como es lógico, potenciando su efecto.

Una vez más, el primer antidepresivo tricíclico, la Imiparmina, se descubrió por casualidad ya que originalmente se utilizaba como fármaco antipsicótico. La ciencia a veces parece reírse de nosotros.

En fin, los antidepresivos tricícliclos son poco selectivos, como hemos dicho inhiben las bombas de recaptación de dos monoaminas, la serotonina y la noradrenalina, esto causa unos efectos secundarios no deseados. Parece que es la inhibición de la recaptación de la serotonina la que realmente resulta interesante para tratar la depresión. Sabéis que viene ahora, ¿verdad?

– Inhibidores Selectivos de la Recaptación de la Serotonina (ISRSs): Estos funcionan exactamente igual que los tricíclicos, pero limitando su acción a las bombas de recaptación de la serotonina. Son estos los antidepresivos más utilizados y, parece ser, que los que mejor funcionan. Además sus efectos terapéuticos y sus pocos efectos secundarios los han hecho ser los tratamientos de primera elección no solo para la depresión, sino también para otros trastornos psicológicos como el TOC (Trastorno Obsesivo-Compulsivo), el Trastorno de Pánico, etc. El psicofármaco más utilizado y conocido, el Prozac, es un ISRS.

Además de estos tratamientos farmacológicos hay uno que es un poco especial, el litio. El litio es un oligoelemento presente en el organismo y se utiliza casi exclusivamente para tratar la depresión bipolar, aquella que, como sabréis, hace que el que la sufre alterne estados depresivos con estados de manía. Pues bien, el litio, no se sabe muy bien cómo, parece que actúa como regulador o estabilizador del estado de ánimo para estos pacientes. De hecho no se considera un antidepresivo como tal ya que, en realidad, no hace que mejoren los síntomas de la depresión, sino como hemos dicho, la transición entre depresión y manía. No voy a entrar en detalles, pero quiero que sepáis que el descubrimiento de los efectos terapéuticos del litio también fue casual.

Bueno, todo esto que acabo de contar tiene que ponerse entre comillas, como casi todo en ciencia. Hay voces que apuntan a que no todos los pacientes depresivos tienen el mismo déficit de monoaminas, y por tanto no a todos ellos les serán igual de útiles todos los antidepresivos conocidos. Además, recientemente están saliendo al mercado inhibidores de la enzima MAO-B, inhibidores selectivos de la recaptación de la noradrenalina, etc., que parecen funcionar en pacientes con quienes tratamientos más clásicos no han sido efectivos.

Como dije al principio, más que una revisión exhaustiva del state of the art sobre el tratamiento farmacológico de la depresión, este post trata de hacer llegar a los no iniciados las líneas generales principales tratamientos utilizados tradicionalmente. Además del tratamiento farmacológico, se pueden verter ríos de tinta sobre los beneficios de las terapias de tipo cognitivo o conductual y la poca efectividad (incluso el peligro) de los tratamientos psicodinámicos o psicoanalíticos. Pero eso es harina de otro costal. Aún queda mucho que estudiar y que descubrir en este trastorno que, con el respeto de los que lo sufren, a mí me parece asombroso. No sé vosotros, pero yo estoy ansioso de ver los avances que la sinergia entre las diversas disciplinas implicadas (bioquímica, neurociencia, psicofarmacología, psicopatología, neuroimagen…) produce en el tratamiento del trastorno de la depresión.

Nota: Quiero agradecer a la doctora María Cortés la revisión de esta entrada.  Muchas veces a los psicólogos nos gusta saltar a ramas de árboles cercanos al de la psicología. Y es que el árbol de la medicina nos queda muy cerca y siempre nos sentimos más seguros si allí hay alguien que nos reciba.

Fuentes de las imágenes: NeuroFacultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Universidad Nacional de Córdoba, Wikipedia.

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No queremos tener cerca a los bienhechores

Las sociedades humanas se caracterizan por albergar un complejo entramado de relaciones entre individuos, que a veces cooperan y a veces compiten. Muchas de las empresas en las que nos embarcamos con mayor o menor éxito, como la mera idea de construir un estado de bienestar, no tendrían ningún viso de salir adelante si no hubiera detrás un grupo de individuos cooperando, contribuyendo. Y todos entendemos que esta cooperación desaparecería si no hubiera una compensación justa por ello, en los términos que sea. En ocasiones sucede que la contribución del individuo a la empresa común no se corresponde con el beneficio que dicho individuo obtiene del grupo. Pensemos en una persona que paga religiosamente sus impuestos pero a cambio no hace uso de los servicios que el estado pone a su disposición. O al revés, alguien que se desentiende de sus obligaciones fiscales y además se aprovecha del estado de cuantas maneras puede. Ambos personajes, el “generoso” y el “egoísta”, son los polos opuestos en cuanto al comportamiento social, y por eso cabe pensar que nuestra opinión de cada uno de ellos sería muy diferente: lo lógico sería expulsar al gorrón, por aprovecharse del esfuerzo de todos, y alabar al generoso, que aporta mucho al grupo sin costarle nada. La realidad, como veremos en este post, es mucho más compleja de lo que cabría esperar.

En una serie de cuatro experimentos, los investigadores Craig Parks y Asako Stone (2010) nos muestran cómo la tendencia humana a lidiar con estos comportamientos extremos es de todo menos racional. Inicialmente, el objetivo de la investigación era estudiar si aquellos que contribuyen poco al grupo serían tolerados, siempre que tampoco se lleven mucho del beneficio (por ejemplo, una persona que no paga impuestos pero tampoco hace uso de los servicios debería ser juzgada más benévolamente que otra que no paga impuestos pero sí se beneficia del estado). Para ello, diseñaron un procedimiento experimental en forma de juego de ordenador cooperativo.

En el juego, los participantes hacían equipos de cuatro miembros. Cada jugador tenía una bolsa de puntos y en cada turno decidía cuántos de sus puntos querían ceder al fondo común del equipo. Al acabar el turno, los jugadores tomaban para sí una parte de ese fondo común según su propio criterio.

En realidad, de los cuatro jugadores del equipo sólo uno de ellos era un ser humano, el participante del experimento, mientras que los otros eran “bots” controlados por ordenador. El participante no conocía esta circunstancia. Las decisiones de los tres jugadores manejados por el ordenador estaban fijadas de manera que uno de ellos tenía un comportamiento extremo: o bien hacía contribuciones muy grandes al fondo común del equipo, o bien contribuía muy poco; y por otro lado, o bien tomaba para sí una cantidad grande de puntos al acabar el turno, o bien tomaba una cantidad muy pequeña. Esto daba lugar a cuatro tipos de comportamiento extremo. Dos de ellos corresponden a una forma de obrar “justa”, ya que reciben del grupo aproximadamente en la misma medida en que contribuyen al mismo (bien sea mucho o poco). Otro de los comportamientos extremos podría llamarse “egoísta”, pues consiste en aportar poco al fondo común y retirar mucho. Por último, el comportamiento “generoso” muestra el patrón opuesto al egoísta: aporta mucho al grupo pero no se lleva nada para sí.

Al acabar el juego, se preguntaba a los participantes una serie de cuestiones, entre ellas si les gustaría expulsar del equipo a alguno de los jugadores. Esta es la medida que usaron los investigadores para comprobar el grado de tolerancia o rechazo de las personas hacia los comportamientos extremos ya descritos.

El resultado del primer experimento realizado por Parks y Stone (2010) se resume en la siguiente figura. Como habían anticipado los investigadores, los miembros del equipo que contribuían poco al grupo sólo eran rechazados si al mismo tiempo se aprovechaban retirando cantidades grandes de puntos (en la figura, lo vemos representado como “Ayuda poco/gana mucho”), mientras que si se llevaban cantidades pequeñas eran bien aceptados (“Ayuda poco/gana poco”). Lo sorprendente, e inesperado, viene a continuación: como se ve en la figura, los jugadores generosos que contribuyen mucho y se quedan poco para sí (“Ayuda mucho/gana poco”) fueron mayoritariamente rechazados, ¡casi tanto como los egoístas!

Adaptado de Parks & Stone, 2010)

Adaptado de Parks & Stone, 2010)

Racionalmente, esto no tiene mucho sentido, ya que los jugadores generosos están contribuyendo a que el equipo vaya bien y no suponen ningún coste. Salvando las distancias, esto es como querer expulsar del país a los contribuyentes que paguen muchos impuestos y que a la vez no usen los servicios del estado.

Experimentos posteriores sirvieron para descartar que tras este criterio tan ilógico esté una percepción de que el jugador no entiende las reglas o está tomando decisiones equivocadas. Los motivos fundamentales que explican la decisión de rechazar al “bienhechor”, según Park y Stones, son los siguientes.

¿A que todos le tenemos manía?

¿A que todos le tenemos manía?

Por un lado, la presencia de una persona excesivamente generosa en el grupo hace que los demás se sientan egoístas por comparación. Las personas no podemos evitar establecer comparaciones y autoevaluarnos en función de estas, y no salimos bien parados de una autoevaluación cuando tenemos enfrente a un santurrón que entrega todo lo que tiene y no se lleva nada a cambio. La reacción habitual es quitar de nuestra vista al causante de esta comparación que tan poco favorable nos resulta: expulsamos al generoso para no sentirnos mal.

El segundo motivo para el rechazo al bienhechor es que es percibido por los demás como alguien que se desvía de la norma. Parece que las personas tenemos en gran estima las reglas de convivencia (en este caso las reglas del juego) y castigamos a quien no las cumple. Consideramos un comportamiento justo el de quien contribuye en la misma medida en que se beneficia, sea mucho o poco. Cualquier estrategia que se salga de ahí es sospechosa de ocultar algo y debe ser penalizada, incluso aunque objetivamente favorezca al bien común.

Para acabar, resaltemos que esta investigación se llevó a cabo en Estados Unidos, en una cultura que a menudo se describe como particularmente individualista. ¿Qué habríamos encontrado si el experimento se repitiera en el seno de una cultura colectivista? ¿Qué pensaría el lector de una persona que, motu proprio, se ofreciera a pagar más impuestos de los que marca la ley, y sin pedir contrapartidas?

Referencias

  • Parks, C. D., & Stone, A. B. (2010). The desire to expel unselfish members from the group. Journal of Personality and Social Psychology, 99, 303-310.
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Usar una terapia alternativa completamente ineficaz te lleva a pensar que las terapias objetivamente eficaces lo son menos

Post escrito por David Luque, doctor en psicología.

Image: "Hepar" by Wikidudeman - Own work. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hepar.jpg#mediaviewer/File:Hepar.jpg

Hay una serie de productos en el mercado que se venden como sustancias o técnicas alternativas a la medicina convencional, con el mismo (o más) poder curativo, pero sin efectos secundarios. Como es bien sabido, prácticamente ninguna de estas terapias alternativas cuenta con evidencia empírica objetiva que avale su eficacia por encima de una sustancia placebo (se puede consultar, por ejemplo, el informe realizado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad). Aun así, algunos gobiernos las incluyen dentro de la cobertura que da la sanidad pública, facilitando enormemente el acceso a estas terapias (por ejemplo, en Australia). Un argumento que se suele esgrimir para defender este gasto de dinero público es que los ciudadanos deben ser libres de elegir qué terapia quieren, convencional o alternativa. En otras palabras, si un ciudadano decide que a él o ella le funciona mejor un remedio alternativo que la medicina normalmente prescrita para su dolencia, está en su derecho de ser tratado con el remedio alternativo. En última instancia (sigue el razonamiento), aunque sea cierto que la medicina alternativa no tiene un efecto curativo per se, estos productos o técnicas no suelen tener efectos secundarios, con lo que la eficacia atribuible al efecto placebo ya justificaría su consumo.

No es difícil ver que este razonamiento necesita ser evaluado con detenimiento por diversas razones. Uno de los puntos débiles del mismo, y en el cual me gustaría centrarme, es la idea de que el consumo de medicina alternativa no tiene efectos secundarios. La tesis que voy a defender es que, si bien puede que no tenga un efecto secundario “biológico” en la salud del paciente (produciendo dolor de cabeza, por ejemplo), sí que tiene un efecto “cognitivo” con graves consecuencias. Este efecto cognitivo consistiría en un sesgo a la baja en la evaluación de la eficacia de otras terapias disponibles (principalmente la medicina convencional). Es decir, el hecho de tomar una medicina alternativa, y pensar que la misma funciona, te puede llevar a pensar que la medicina convencional tiene menos efecto del que realmente tiene.

Esta hipótesis la pusimos a prueba en una investigación que hemos publicado recientemente I. Yarritu, H. Matute, y yo mismo en el British Journal of Psychology (1). En nuestro experimento, dos grupos de voluntarios tenían que aprender acerca de la efectividad de diferentes medicamentos para hacer que pacientes afectados por una enfermedad se recuperasen (tanto los medicamentos como los pacientes y la enfermedad eran completamente ficticios). Los participantes de ambos grupos veían en la pantalla de un ordenador diferentes casos hipotéticos, a los que llamaremos ensayos, en los que un paciente tomaba (o no) uno de los medicamentos ficticios (medicamento A) y luego observaban si el paciente se recuperaba o no.

En la primera parte del experimento mostramos entremezclados algunos ensayos en los que el paciente tomaba el medicamento A y otros ensayos en los que no tomaba nada. La única diferencia entre ambos grupos de participantes consistió en que en uno de ellos la proporción de casos en los que el paciente tomaba el medicamento A era mayor (80% de las veces) que en el otro grupo (20%). En ninguno de los grupos el medicamento tenía efecto alguno sobre la enfermedad, ya que la probabilidad de una recuperación era la misma en los ensayos en los cuales se había tomado el medicamento que en los ensayos en los que no se había tomado (70% en ambos casos). Aun así, pudimos observar que, pasados cierto número de ensayos, los participantes en el grupo de alta proporción de consumo del medicamento A afirmaban que éste sí producía una recuperación de la enfermedad. Esto es, encontramos en este grupo una “ilusión de causalidad”, efecto que se ha replicado en una serie de investigaciones previas. Debido al alto porcentaje de remisiones espontáneas, esta ilusión se observó en los dos grupos, pero fue significativamente más elevada en los participantes expuestos al medicamento en el 80% de los ensayos, comparado con el grupo que observó el medicamento únicamente en el 20% de los ensayos, efecto que también replicamos a partir de investigaciones previas (2).

Lo novedoso de nuestra investigación comenzaba a partir de la segunda parte del experimento. Para ambos grupos de participantes el experimento continuó sin que se les advirtiera de ningún cambio. No obstante, en los nuevos ensayos nuestros pacientes ficticios empezaron a tomar otro medicamento, el medicamento B, junto con el medicamento A. En estos nuevos ensayos los pacientes sí que se recuperaban con mayor probabilidad cuando tomaban los medicamentos A y B conjuntamente que cuando no tomaban nada. Dado que el medicamento A era inefectivo, el razonamiento correcto en esta situación es que el medicamento B tiene capacidad curativa real. Pero claro, ese es el razonamiento correcto si de hecho crees que el medicamento A es ineficaz. Pero la mitad de los participantes habían desarrollado una fuerte ilusión de que el medicamento A era eficaz. Tal y como esperábamos, esta creencia incorrecta afectó a la baja los juicios sobre la eficacia del tratamiento B. Y recordemos que el tratamiento B sí era eficaz.

En resumen: El hecho de creer que se estaba tomando una terapia eficaz, incluso cuando no lo era de un modo objetivo, impidió a nuestros participantes aprender correctamente que la otra terapia sí que tenía un efecto real sobre la enfermedad. Con este resultado en mente, se hace más complicado si cabe justificar que ciertos gobiernos promocionen el uso de terapias no científicamente validadas. Como efecto secundario, estos gobiernos pueden estar promocionando que sus ciudadanos utilicen en menor medida las terapias que de verdad sabemos que funcionan.
Referencias

  1. Yarritu, I., Matute, H., Luque, D. (2015). The dark side of cognitive illusions: When an illusory belief interferes with the acquisition of evidence-based knowledge. British Journal of Psychology. Advance Online Publication. DOI: 10.1111/bjop.12119
  1. Blanco, F., Matute, H., & Vadillo, M. A. (2013).Interactive effects of the probability of the cue and the probability of the outcome on the overestimation of null contingencyLearning & Behavior, 41, 333-340. doi: 10.3758/s13420-013-0108-8

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Crédito de la imagen: Image: “Hepar” by Wikidudeman – Own work. Licensed under Public Domain via Wikimedia Commons – http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hepar.jpg#mediaviewer/File:Hepar.jpg

 

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Cómo será viajar hasta Marte y, al volver, descubrir que eres más triste

La compañía Virgin Galactic está ya comercializando los primeros billetes para un futuro viaje espacial (por un precio no asequible para todos los bolsillos). Nada menos que 600 personas se han apuntado y están preparadas para disfrutar un paseo suborbital de unas pocas horas. ¡Qué ganas de tener una experiencia única! A menor escala, es evidente que vivir experiencias extraordinarias es una meta que casi todas las personas nos proponemos y valoramos. Aprovechamos cualquier oportunidad para ello, y además nos lanzamos a publicitarla en cuanto podemos. Si queremos pruebas de lo que digo, nada como darse un paseo por cualquier red social. Encontraremos las fotos de nuestros amigos compartiendo con orgullo su último viaje a un país exótico, o una visita a un restaurante exclusivo (documentándola bien con primeros planos de los platos, desde todos los ángulos), o un selfie con un famoso grupo de músicos tras un concierto. ¿Por qué comparte la gente este tipo de experiencias extraordinarias? Habrá quien lo atribuya a un deseo de “dar envidia”, y puede que algo de eso haya (Smith & Kim, 2007). Pero por lo general podríamos decir que esas experiencias, precisamente por extraordinarias y exclusivas, hacen que sus protagonistas se sientan únicos y especiales, y quieran compartirlo con su círculo social. Ahora bien, ¿cuál será la reacción de dicho círculo social? ¿Será positiva? ¿Será la esperada?

En un reciente artículo, el experto en felicidad de la Universidad de Harvard Dan Gilbert y sus compañeros nos describen tres estudios (Cooney, Gilbert & Wilson, 2014) en los que se proponen arrojar un poco de luz sobre los efectos secundarios de la búsqueda de experiencias extraordinarias.
Esperad, ¿he dicho efectos secundarios? Si alguien me regalara un billete de ida y vuelta a Marte, si con ello me convirtiera en el primer turista espacial de mi país o hasta de mi continente, ¿no me adorarían las masas a mi vuelta? ¿No sería el tipo más popular? ¡Tendría miles de historias extraordinarias que contar! Precisamente, he ahí una de las claves del asunto. Investigaciones previas indican que, por lo general, a las personas nos gusta hablar de las cosas que tenemos en común (Gigone & Hastie, 1993). Si fuera la única persona en mi círculo de amistades con esa experiencia que contar, tal vez no sería el tema de conversación más popular, ni yo el interlocutor más apreciado. Con todas las consecuencias emocionales que esto podría conllevar, incluyendo el aislamiento.
Los experimentos de Cooney, Gilbert y Wilson se asientan en esta intuición que acabo de describir y se llevan a cabo mediante un procedimiento asombrosamente sencillo (con variaciones entre los tres experimentos). Los participantes de los tres experimentos fueron invitados al laboratorio en grupos de cuatro. Allí, cada uno por separado, veían un video de unos 5 minutos. Tres de los participantes veían el mismo video, que había sido seleccionado previamente por tener una baja puntuación de diversión o interés (se trataba de una animación por ordenador), mientras que el cuarto participante veía un video escogido por tener una alta puntuación de diversión (en él se veía a un mago haciendo un truco de magia como para quedarse con la boca abierta). Es decir: tenemos tres participantes que han vivido una experiencia tal vez anodina, pero compartida, y un cuarto participante que ha vivido una experiencia extraordinaria. Tras ver los respectivos videos, los cuatro participantes indicaban cómo se sentían (en una escala de “no muy bien” a “muy bien”), e inmediatamente se reunían en una sala para charlar durante unos minutos. Después de la interacción social, se volvió a pedir a los participantes que indicasen cómo se sentían y también cómo creen que fueron tratados en la conversación (“integrados” o “excluidos” de la misma).

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En el Experimento 1 descrito en el artículo, se documenta cómo los participantes que vieron el video “extraordinario” acabaron sintiéndose peor y más excluidos de la conversación, en línea con la ya mencionada observación de que las personas tendemos a charlar sobre los aspectos que compartimos más que sobre las experiencias que nos distinguen. Es decir, los que viven experiencias únicas pueden acabar siendo más infelices porque no tienen nadie que quiera escucharlas. Si este efecto secundario de las experiencias extraordinarias es tan grave, ¿por qué todos seguimos insistiendo en hacer ese viaje exótico, o por qué hay 600 personas que han pagado un dineral por un asiento en una nave espacial? El motivo puede ser que, aunque las experiencias extraordinarias dejen secuelas negativas en el plano social, las personas seamos incapaces de verlas venir.
¿Cómo iba yo a esperar que mi deseado viaje a Marte me costaría mi nutrida agenda de amigos en Facebook? Para estudiar esta predicción, los autores diseñaron el Experimento 2, donde a los participantes se les explicó el procedimiento del Experimento 1, ya descrito, y se les pidió que predijesen cómo se sentirían si hubieran vivido cada una de las situaciones de ese estudio. Tal como he comentado, el resultado indicó que, efectivamente, tenemos una predisposición persistente a esperar que las experiencias extraordinarias sólo pueden causar un impacto positivo en nuestras relaciones sociales, en vez de todo lo contrario. Los participantes juzgaron, equivocadamente, que las personas que habían visto un video mejor que el resto serían más populares y que el grupo los integraría en la conversación.

Como conclusión, tendríamos que decir que aunque las experiencias extraordinarias sean atractivas a muchos niveles, tienen un coste social imprevisto. Las personas tendemos a rodearnos de nuestros iguales y a conversar con quienes comparten nuestros puntos de vista y tienen temas de conversación favoritos similares a los nuestros. De ahí que a menudo hagamos a un lado a quien se sale de esos parámetros. Además, según los resultados de esta investigación, esta tendencia en las relaciones humanas es objeto de una especie de miopía: nadie repara en ella. Todos creemos que la experiencia extraordinaria implica popularidad y afecto, cuando puede suceder lo contrario. En resumen: el viaje a Marte sería una pasada, de realizarse algún día, pero será mejor hacerlo en buena compañía y, al volver, recordar con tus amigos aquellas experiencias cotidianas que siempre os han unido. ¿Realmente necesitas hablar a todas horas de tu viaje?

Referencias

Crédito de la imagen: Usuario Prischiessl en Wikimedia Commons (CC-BY3)

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Una simple técnica para que te vaya mejor en tu vida

Post escrito por Ángel Prieto, estudiante de Psicología.

ATENCION: Esta entrada requiere ser leída en su totalidad… O no leerse. Su lectura incompleta puede dar lugar a interpretaciones erróneas. Si no tienes tiempo es mejor que leas otro artículo del blog.

 

Son muchos los expertos psicólogos y psiquiatras que conocen esta técnica que voy a explicar a continuación, pero ninguno de ellos la aplican porque el beneficio es devastador, inimaginable. Estos expertos saben que cuando aplican este tipo de técnicas sus pacientes se recuperan rápido y eso, amigo mío, ¡no les conviene! Prefieren que sus pacientes sigan en consulta por meses o años, y así engordar su bolsillo. Esta técnica tiene más de 5 mil años, según expertos historiadores diversas tribus de indígenas lo aplicaban para calmar su estado de pánico cuando se encontraban con tigres o en situaciones adversas donde la serenidad cobra una importancia descomunal.

Es posible que el lector sienta cierto rechazo ante la técnica por su simplicidad, pero pronto será capaz de ponerla a prueba y ver su enorme valor. Antes de comenzar a explicar esta técnica, es necesario entender ciertos conceptos de cómo se estructura nuestro cerebro. Éste tiene dos hemisferios: hemisferio izquierdo, que se ocupa sobre todo de nuestra área más racional (matemáticas, pensamiento lógico…); y hemisferio derecho, que se encarga sobre todo de aquello que compete a lo emocional (instintos, empatía, habilidades sociales). Ahora bien, nuestro lado derecho del cuerpo (ojo derecho, oído derecho…) es procesado por el hemisferio izquierdo, y viceversa. De tal forma que lo que escuchamos y vemos por el oído y el ojo de un lado del cuerpo es procesado por nuestro hemisferio del lado contrario.

Lo segundo que debemos entender es que cuando nos pasa algo de corte afectivo que nos influye en el estado de ánimo, o sentimos miedo, ira o intranquilidad estamos usando más el lado irracional y emotivo de nuestro cerebro, que está en el hemisferio derecho. Nos estamos dejando influir por nuestras emociones. Si en estos casos usáramos nuestro hemisferio izquierdo, procesaríamos la situación de una forma racional y nada angustiosa. Otra situación distinta es cuando intentamos ser más empáticos con nuestros compañeros, ¡si utilizásemos más nuestro lado derecho seríamos más empáticos! ¡Hasta llegar a extremos inimaginables! Ahora bien, ¿cómo elegir qué hemisferio usar? Eso es lo que conseguirás con la técnica de Inhibición Hemisférica bajo Tensión del Orbículo o, más conocida como la técnica de IHTO

Gracias a la técnica de IHTO que se va a describir en este post conseguirás elegir con qué hemisferio procesar la información. Grandes figuras utilizan esta técnica sin ser conscientes de ello. Por ejemplo Chuck Norris, Barack Obama y hasta el Dalai-Lama. Simplemente debes cerrar insignificantemente el ojo del lado contrario del hemisferio que no quieres utilizar. Es decir, si no quieres utilizar el hemisferio derecho porque estás agobiado o con ansiedad, basta con cerrar el ojo izquierdo de forma insignificante respecto al otro ojo para que el hemisferio derecho empiece a dejar de funcionar poco a poco. ¡Esto es engañar al cerebro! Pero no debes cerrar el ojo entero, si no, esta técnica no funcionará.

La técnica es conocida por la literatura y cine universal, ya que en muchas ocasiones caracterizan a las personas serenas con una mirada en la que el ojo izquierdo está algo más cerrado que el ojo derecho. Imágenes como la que se muestra a continuación son muy comunes en el cine.

IHTO

(Imagen extraida de video de youtube con Licencia YouTube Estándar.)

Probablemente, querido lector, quizá usted haya creído que esta técnica funciona y que los expertos la avalan (sin siquiera haber nombrado qué expertos, haber aportado investigaciones que lo sostengan…). O por el contrario, quizá usted sea más escéptico y se pregunte quién habrá sido capaz de creer que esto es verdad. Sea el caso que sea, seguro que ha caído en engaños similares, todos lo hemos hecho en alguna ocasión y lo seguiremos haciendo. No se sienta mal si se creyó la historia hasta llegar a este punto. Estaba diseñada como lo están tantas y tantas historias que circulan por Internet, en TV, o en la tienda, para engañarnos o para vendernos cosas sin base. A menudo nos las creemos y ni siquiera nos damos cuenta. Tenemos una vida demasiado ajetreada y complicada como para tener que analizar la veracidad de todas y cada una las variedades de objetos, herramientas, y técnicas que supuestos profesionales nos venden para tener una vida mejor de forma asombrosamente eficaz, sencilla y rápida. No se puede imaginar la cantidad ingente de dinero que mueven este tipo de engaños: pulseras que aumentan el equilibrio, pastillas de azúcar que lo curan todo, técnicas similares a esta que son capaces de reprogramar cualquier mente, dramatización para el tratamiento de cualquier tipo de trastorno mental… Un sinfín de engaños que no sólo nos roban el dinero, sino que atentan de forma burlesca contra nosotros, además de idiotizarnos como sociedad.

A continuación, expongo unas claves para facilitarnos averiguar cuándo es más probable que algo que nos venden se trate de un engaño y, por otro lado, la diferencia entre la ciencia y pseudociencia en cuanto a las actitudes de quienes las difunden.

Duda de lo que te dicen cuando se cumplen varias de estas situaciones:

  •  Intentan venderte un producto como lo mejor, lo más rápido o demasiado simple. P.E: “ninguno de ellos la aplican porque el beneficio es devastador, inimaginable”.
  • Ponen como referencia la sabiduría de “unos pocos”: “tribus indígenas”, “personas en contacto directo con la sustancia son más sanos (baba de caracol)” “el Dr. Smith”, o similares. En esta entrada se ha podido observar varias veces, P.E: “Grandes figuras utilizan esta técnica sin ser conscientes de ello. Por ejemplo Chuck Norris, Barack Obama y hasta el Dalai-Lama”.
  • Aluden a algún “conocimiento científico”, sea veraz o incluso falso, para dar más credibilidad al asunto. Generalmente este conocimiento se presenta ilustrado y redactado de forma sospechosamente simple de comprender. En el caso de esta entrada hemos recurrido a conceptos de lateralidad del cerebro.
  • Ponen de por medio a expertos o científicos, pero no suelen nombrarlos; o si los nombran, son casi siempre los mismos. En este caso hemos nombrado a la comunidad de psicólogos y psiquiatras.
  • Nunca aportan referencias bibliográficas primarias, es decir, estudios o investigaciones publicadas en revistas científicas. Si aportan referencias, son de otro tipo de artículos que no han pasado revisión por pares, o bien de libros. En este caso, tal y como puede observar, ni siquiera se aportan referencias.

Por lo general, según Bunge (2010), la ciencia se diferencia de la pseudociencia por varias actitudes de quienes la difunden o la llevan a cabo (nombro algunas):

  • La ciencia se actualiza, se corrige, busca la autocrítica, admite su propia ignorancia, admite las “lagunas” en su propio campo. La pseudociencia, por el contrario, no.
  • La ciencia recurre a la experimentación, estudios, y aplica procedimientos objetivos de control. La pseudociencia no.
  • La pseudociencia recurre sistemáticamente al argumento de autoridad, tergiversa los datos no favorables.
  • Además, la pseudociencia por lo general suele adquirir fama de forma rápida.

Y espero que, de esto último sí, haya aprendido una simple técnica para que le  vaya algo mejor en vuestra vida: la duda.

Referencias:

Bunge, M. (2010). Las pseudociencias, ¡vaya timo! Navarra: Laetoli (ISBN: 9788492422241)

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Empresas que hacen experimentos psicológicos con los usuarios

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Hace un par de meses se publicó un famoso experimento en el que Facebook había manipulado las emociones de numerosos usuarios para poder investigar si las emociones se contagian (Kramer, Guillory, & Hancock, 2014)*.  Para ello, hacía que las publicaciones de amigos que podían ver estos usuarios cuando entraban en Facebook fueran sobre todo aquellas que tenían un contenido emocionalmente más positivo, o más negativo. Es decir, a unos usuarios les mostraba sobre todo contenido positivo, a otros negativo. La cuestión era averiguar si esto provocaba el que estos usuarios, expuestos sobre todo a contenidos emocionales de uno u otro signo, acababan de alguna manera contagiándose y publicando también ellos mismos comentarios y entradas de contenido emocionalmente positivo o negativo, en concordancia con los contenidos a los que hubieran sido expuestos.

La respuesta fue afirmativa. Aquellos usuarios expuestos sobre todo al contenido negativo que publicaban sus contactos, acababan ellos mismos publicando entradas que contenían más palabras de corte negativo. Por el contrario, los que eran expuestos al contenido más positivo de sus contactos, acababan publicando también entradas que contenían más palabras positivas.

Este experimento, como era de esperar, generó un gran revuelo y es mucho lo que ya se ha escrito sobre él. No quería, sin embargo, dejar de expresar mi opinión, pues a menudo me preguntan sobre esto, o me preguntan si nosotros no hacemos también experimentos con la gente y que total en qué se diferencia lo que hizo Facebook, y tengo la sensación de que una vez pasado aquel escándalo inicial, la indignación de la gente se va transformando en una especie de “total, todas las empresas investigan con nosotros, qué más da otra más” y “total, no es tan grave, al fin y al cabo lo mismo hacen desde la Universidad”. Y no, ni es un experimento más, ni tiene nada que ver con lo que se hace desde la universidad hoy por hoy, ni debemos permitir que las empresas hagan lo que quieran con nosotros. A los científicos no les dejamos investigar así con nosotros, no deberíamos permitírselo a las empresas.

Existen leyes, y existen códigos éticos de investigación cuyas fronteras no deberíamos traspasar. Manipular emociones sin el consentimiento explícito del usuario va contra las más elementales normas éticas de investigación con humanos. Y eso, por no hablar del atentado a la privacidad que el Experimento Facebook supone, y que es casi lo que más se ha discutido en la mayoría de los artículos y blogs a los que he tenido acceso y que, si bien constituye un tema grave en sí mismo, probablemente no es lo peor en este caso concreto.

Facebook se escuda en que los usuarios aceptan unos términos de servicio cuando se registran, y dicen que en que estos términos ya les avisan de que los datos podrán ser utilizados por la empresa. Sin embargo, aquí no estamos hablando únicamente de usar datos para realizar análisis estadísticos. Estamos hablando de experimentación con humanos sin consentimiento informado. Hablamos de manipular emociones en humanos para observar sus efectos. Para eso se necesita un consentimiento informado de los participantes y además un permiso del comité ético. Y el permiso del comité ético no siempre se consigue en las investigaciones científicas, pues si hay la más mínima duda sobre la posibilidad de que el experimento pueda causar algún tipo de daño tendría que estar muy muy muy justificado hacerlo porque el beneficio esperable fuera enorme para la humanidad (no para una empresa, claro) y compensara el posible daño. Además, es bueno que sea así, que los científicos tengamos que pasar los comités éticos y que no quede a criterio individual la decisión sobre si un procedimiento puede o no ser dañino o vulnerar los derechos de los participantes (humanos o animales).

Para cualquier pequeña investigación que queramos hacer en la universidad necesitamos el permiso del comité ético y este no siempre se consigue. Por poner un ejemplo, los experimentos de indefensión aprendida que se hacían en los años 60 y 70, ya no pueden hacerse. ¿Por qué? Porque en principio mostraban que la manipulación de determinadas variables podría hacer que la gente se deprimiera. Y aunque esto era de sumo interés para poder saber cómo se genera una depresión (y por tanto, cómo curarla), lo cierto es que a ninguna mente en su sano juicio se le ocurre congregar a un grupo de voluntarios sanos, manipularlos hasta conseguir que se depriman, y luego decir que ha descubierto cómo se genera la depresión. La psicología y la medicina están llenas de casos de estos, experimentos que hoy ya no pueden hacerse. Me temo que el Experimento Facebook tiene ese riesgo. Uno no puede manipular emociones reales en la gente para ver si se contagian, y hacerlo a partir de datos reales (comentarios de amigos) y sin consentimiento informado.

El ampararse en la aceptación de unos términos del servicio que todo el mundo sabe que nadie lee no debería exculpar a Facebook. El consentimiento informado es eso, informado, y hay  que asegurarse de que el voluntario ha entendido los términos.

Cuando los psicólogos investigamos con personas, siempre, siempre, siempre, estamos obligados a pedir permiso a los participantes. Además, debemos asegurarnos de que participan por voluntad propia y conociendo los posibles riesgos. Ojo, no digo que haya que darles todos los detalles antes de empezar el experimento, pero sí es importante darles una idea general de lo que van a tener que hacer y de los posibles riesgos, si es que los hay, y decirles que se les darán más detalles al finalizar. También es necesario recordarles que son voluntarios, y que pueden abandonar la investigación en cualquier momento sin dar explicaciones. Una vez finalizada la investigación estamos también obligados no solo a informarles de todo lo que quieran saber, sino que también tenemos que asegurarnos con ellos de que lo han entendido bien y no se han producido daños psicológicos de ningún tipo en aquellos casos que pudieran dar lugar a confusión o a problemas y malentendidos. Si por ejemplo los voluntarios se sienten algo deprimidos debido a que les has hecho hacer una tarea que no tenía solución, deberemos dejarles muy claro que no ha sido un problema suyo, sino que estaba hecho así el experimento y que es normal lo que han experimentado… Y debemos asegurarnos de que se sienten bien cuando se marchan a su casa.

Si el Experimento Facebook lo hubiéramos querido hacer nosotros en la universidad, para empezar no lo habríamos hecho normalmente con materiales reales de la vida de los participantes (mensajes de sus amigos etc., como ha hecho Facebook). El experimento lo habríamos hecho probablemente con material simulado, pequeñas historias felices o tristes, videos, música triste etc. Es decir, estimulación pasajera que crea emociones pasajeras, en contextos artificiales (como un laboratorio) y diferentes de los contextos importantes en la vida del voluntario (como puede serlo Facebook para algunas personas). Creo que esta sería la principal diferencia, además del consentimiento informado. En cualquier caso, la información proporcionada en los experimentos que hacemos en la universidad suele variar, pero podría ser algo similar a esto:

“Vas a participar en un experimento en el que vas a ver unos videos y tendrás que realizar después una tarea. Ahora no puedo darte más detalles pero al finalizar tendrás derecho a recibir una información completa y preguntar cualquier duda. Te recuerdo también que tu participación es voluntaria y anónima. Puedes abandonar el experimento cuanto quieras y tus datos personales no serán registrados. Si cuando terminemos deseas hacernos llegar tus respuestas puedes hacerlo utilizando este enlace”

Por tanto, si se diera algún efecto de tristeza o alegría sería siempre mucho más débil y pasajero que el que hayan podido conseguir en Facebook manipulando mensajes reales de amigos reales. Es verdad que tampoco ha sido tan fuerte, de media, el efecto que ellos han logrado, por cierto, pero el tamaño del efecto no sabían cuál podría ser cuando planificaron el experimento. Es más, podría ser más grande en otra ocasión si seguimos jugando con materiales reales (mensajes de amigos) en la experimentación con humanos; incluso me atrevería a decir que aunque el efecto medio que haya sido pequeño, esto significa que para algunas personas el efecto ha podido ser intenso; eso no lo sabemos y podría tener consecuencias.

Las normas éticas de investigación con humanos son muy claras y están publicadas por las principales asociaciones de psicólogos, como la American Psychological Association, o, en nuestro país, el Colegio Oficial de Psicólogos. También existen, además, unas directrices muy claras sobre la investigación en Internet (Frankel & Siang, 1999)*, con sus particularidades, que fueron publicadas por la American Association for the Advancement of Science (AAAS), que es probablemente la mayor asociación científica del mundo. Son de hace unos años y quizá hoy en día puedan revisarse o complementarse. En cualquier caso, creo que es importante destacar que en las recomendaciones de la AAAS para la investigación en Internet, se menciona de forma explícita el problema especial que supone la investigación online en cuanto que puedes informar a tus participantes, pero si ellos no leen (nadie lee esos mensajes de aceptación online), entonces es como si no les hubieras informado. Esto se discute mucho y se proponen diversas soluciones. Es un tema importante. Nosotros en nuestro laboratorio, Labpsico.es, lo solucionamos normalmente preguntando a la persona, una vez terminado el experimento, si desea enviarnos las respuestas que ha dado durante el experimento o borrarlo todo. Puede darse el caso de que haya estado jugando o curioseando y que sin embargo no supiera que estaba en un experimento. Por ese motivo avisamos, al finalizar, que sus respuestas se analizarán de manera estadística si nos las envía y que no registramos datos personales. Así y todo, si por cualquier motivo deciden no enviarlas, pueden elegir el botón “Cancelar” en lugar del botón “Enviar”. Seguro que de esta forma perdemos datos de personas que ante la duda prefieren pinchar “Cancelar”. Pero es la forma que tenemos de asegurarnos de que se trata de un acto informado y voluntario de colaboración lo que hacen aquellos que deciden enviarnos sus respuestas. Y ahora, si en la universidad debemos ser tan cuidadosos con la intimidad y los derechos y los deseos de las personas, ¿no deberíamos exigir ese mismo código ético a las empresas que investigan con personas en Internet?

APA ethics code

Sí, ya sé que muchos dicen que total qué más da, que todas las empresas nos manipulan con la publicidad, y etc. etc. Pero creo que no es lo mismo. Quizá sea porque lo veo desde el ángulo de la investigación, y en la investigación científica siempre han estado prohibidas ese tipo de prácticas. En cualquier caso, y si al final esta sociedad nuestra decide aceptar que las empresas usen nuestros datos, accedan a las publicaciones de nuestros amigos, las manipulen, las cambien de lugar, alteren la carga emocional de  los mensajes que recibimos a diario y puedan de esta forma estudiar cómo afecta esto a nuestras emociones, comportamientos, publicaciones, y, cómo no, a nuestras compras, puestos a aceptar el experimento de Facebook, y puestos a dar carta blanca a las empresas no solo para que investiguen con nuestros datos sin pedirnos permiso, sino incluso para manipular nuestras emociones y nuestro comportamiento, ¿no deberíamos reclamar el mismo derecho para la ciencia y obligar a que los resultados de todas estas investigaciones sean siempre públicas? Ya que se trata de nuestros datos y nuestra vida, al menos que esos datos sirvan también para el avance de la ciencia, la mejora del bienestar público, y la investigación de posibles defensas contra estas manipulaciones empresariales, no? Y así, la verdad, se nos irán los días. Los unos robándonos información e intentando manipularnos, los otros buscando la forma de protegernos. Buen plan de futuro.

(*) Referencias

Frankel, M.S., & Siang, S. (1999). Ethical and legal aspects of human subjects research on the Internet. Report of a workshop convened by the American Association for the Advancement of Science, Program on Scientific Freedom, Responsibility, and Law, Washington, D.C.

Kramer, A. D. I., Guillory, J. E., & Hancock, J. T. (2014). Experimental evidence of massive-scale emotional contagion through social networks. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111, 8788-8790.

 

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